Volver a página principal de Biografías de Mujeres Andaluzas

CÓRDOBA

Estas versiones han sido tomadas de Mujeres 2000 y Mujeres 2003 
Dentro de las sección 8 de marzo. Día internacional de la Mujer de Averróes. Red Telemática Educativa de Andalucía

Mantienen el texto original, pero al ser aquellos de una gran extensión (cada provincia ocupando en formato PDF entre 6 y 16 mega)  dificultaba su acceso. Esa versión original tiene una imagen de cada una de las personas biografiadas.

Wallada bint al-Mustakfi [994-1091] Matilde Cabello. Escritora

Leonor López de Córdoba [1363-1412?]  Blas Sánchez Dueñas. Universidad de Córdoba.

Beatriz Enríquez de Arana [1467?-1521?] Marta María  Manchado López. Universidad de Córdoba.

Concha Lagos [1909]  Mª José Porro Herrera. Universidad de Córdoba.

Manuela Díaz Cabezas [1920]  Rosa María Ballesteros García.  Universidad de Málaga.

 Josefina Molina [1936]  Mª José Porro Herrera. Universidad de Córdoba.

Juana Castro [1945]  Mª José Porro Herrera. Universidad de Córdoba

Antonia Alcaide López [1943- ] Entrevista realizada a Antonia por dos alumnas de 5º nivel del COLEGIO SAN JOSÉ DE MONTILLA (CÓRDOBA) Mª Ángeles Espejo Sánchez - Carmen Belén Varo Carrasco

María Feliz y Luciana de Cueto y Enríquez de Arana, (Las Cuetas) [1691-1766] [1694-1775]  Alumnos, alumnas y tutor de 5º nivel de Educación Primaria. C.E.I.P. San José de Montilla (Córdoba).

Nieves López Pastor [1900?-1978]  Colegio Público Nuestra Señora de la Fuensanta de Villanueva del Arzobispo(Jaén).

 

13

Wallada bint al-Mustakfi [994-1091]

Poetisa. Nace en Córdoba, en el año 994 de la era cristiana, y muere en la misma ciudad en 1091. Era hija de Muhammad III al-Mustakfi, uno de los últimos califas cordobeses, por lo que ostentó el título de princesa.

Su infancia coincidió con el esplendor de la carrera política de Almanzor que, en 996, se autoproclamó melic carim (noble rey), bajo la protección de Aurora,

madre del pequeño heredero Hiken II.

Su adolescencia transcurre paralela a la agonía del Califato, en uno de los contextos históricos más sangrientos de la historia de Córdoba, cargado de intrigas palaciegas y guerras internas, desencadenadas tras la muerte del hijo de Almanzor, al-Muzzaar.

El padre de Wallada había accedido al trono el 11 de enero de 1024, después de provocar una revuelta popular contra el monarca legítimo, el también Omeya

Abderramán V. Diecisiete meses después, al-Mustakfi tuvo que abandonar el palacio califal, disfrazado de mujer y fue envenenado, días más tarde, por uno de sus oficiales en un lugar fronterizo.

Nada sabemos de la madre de esta poetisa, ni de ninguna de las mujeres del serrallo de al-Mustakfi. En las numerosas crónicas (donde es catalogado como un personaje vulgar y frívolo) sólo hallamos la referencia de Ibn Hayyán, que lo acusa de dejarse mandar por una mujer perversa. La falta de información, en este sentido, se agrava por la circunstancia de que el califa no tuvo descendencia masculina -acontecimiento que solía ir acompañado de algunos privilegios para la madre-. Sin embargo, la inexistencia de un heredero, permitió a Wallada disponer de los derechos reales de su padre.

Su posición social, si bien le permitió adquirir una basta formación literaria que desarrolló con brillantez y transmitió a través de su propia escuela femenina, tampoco debió estar exenta de momentos difíciles, tanto en lo personal (por su incesante defensa de la igualdad de género y su rebeldía) como por su condición de Omeya dentro de un panorama político de pugnas y rivalidades entre su linaje y los Banu Yahwar, siempre temerosos de la restitución del poder legítimo Omeya.

Tras el asesinato de su padre, con la venta de sus derechos reales, Wallada adquiere la independencia y opta por un modo de vida inusual, de absoluta despreocupación por los convencionalismos sociales. Prescindió de la tutela masculina y abrió un salón literario al que concurrían los poetas y literatos de su tiempo. Tuvo el atrevimiento de intervenir y dar respuesta a sus consultas, mostrando libremente su rostro.

En una sociedad donde a la mujer sólo le estaba permitido relacionarse con los hombres de la familia y las llamadas «sabias» solían adquirir conocimiento a través de sus padres y/o parientes, incluso impartir sus enseñanzas veladas tras una cortina, la actitud de Wallada, indigna, según unos, de su estirpe y condición social, la hizo ser criticada muy duramente, aunque también tuvo numerosos defensores de su honestidad -Ibn Hazn, entre otros poetas- como el visir Ibn Abdus, su eterno enamorado que, al parecer, permaneció a su lado, protegiéndola en los momentos difíciles, hasta el final de sus días.

Pero el gran amor de Wallada, el que provoca, tal vez, que trascienda el personaje y su obra, fue el poeta Ibn Zaydún, con el que mantuvo una relación secreta,dada la vinculación del poeta con los Banu Yahwar. En torno a esta relación giran ocho de los nueve poemas que de ella se conservan, como una cronología exacta de aquella historia truncada por la relación de Ibn Zaydún con una esclava negra de Wallada.

De sus poemas, que fueron misivas entre los dos amantes, se conocen dos, de celos, de añoranza y deseos de reencuentro; un tercero, de decepción, dolor y reproche; cinco sátiras -género que dominaba a la perfección- escritas en términos durísimos y uno más, alusivo a su libertad e independencia, que lucía bordado sobre los hombros de su ropa (siguiendo la moda imperante).

Los hermosos poemas de amor que Wallada inspiró a Ibn Zaydún, además de incidir en la ilusión de la primera etapa, la posible infidelidad y el posterior arrepentimiento del poeta, nos dan también noticia de los rasgos físicos de la princesa, prototipo del ideal de belleza de los califas omeyas: cabellos y piel clara y ojos azules, características que, unidas a su inteligencia, brillantez y dotes literarias, la hicieron ser una de las mujeres más admiradas y deseadas de su tiempo.

Pasados los días de esplendor y veladas literarias, parece ser que pasó el resto de sus días dedicada a la enseñanza. Entre sus alumnas quedó antologada Muhya

bint al-Tayyani. Era una joven de condición muy humilde, hija de un vendedor de higos, a la que acogió en su casa y que terminaría dedicando a la maestra las más feroces sátiras.

Wallada murió el 26 de marzo de 1091, el mismo día que los almorávides entraron en Córdoba. No tuvo descendencia y nunca se ofreció en matrimonio.

 B i b l i o g r a f í a

DOZI, R. P. Historia de los musulmanes en España . Madrid, Turner, 1988.

GARULO, T. Diwan de las poetisas andaluzas de Al-Andalus. Madrid, Ediciones Hiperión, 1985.

LÓPEZ DE LA PLAZA, G. Al-Andalus: Mujeres, sociedad y religión. Málaga, Universidad de Málaga, 1992.

SOBH, M. Poetisas arábigo-andaluzas. Granada, Diputación Provincial, 1994.

 Matilde Cabello. Escritora

 

14

Leonor López de Córdoba [1363-1412?]

Leonor López de Córdoba ha pasado a formar parte de la historia literaria  española y de los estudios de género al ser una de las primeras autoras en lengua castellana de quien se conserva un texto autobiográfico conocido como las Memorias de Dª. Leonor López de Córdoba en las que la autora narra en primera persona los duros avatares históricos a las que tuvo que enfrentarse, junto a su marido, a lo largo de su vida.

La vida de Dª. Leonor según se puede constatar en sus memorias y en otros documentos de archivo estuvo llena de infortunios, sufriendo desde su más tierna infancia los rigores de la muerte y la persecución familiar. Nacida en Calatayud en fechas cercanas a 1363, al servir en dicha ciudad su padre al rey, su vida tiene como eje de referencia a Córdoba ciudad en la que se instala tras haber soportado ocho años encarcelada y haber resistido en prisión una de las terribles epidemias de peste que azotaban la Península.

La genealogía familiar de Dª. Leonor la emparientan con familias de la alta alcurnia cordobesa y castellana. Su madre Dª. Sancha Carrillo, de la que quedó huérfana en temprana edad estaba emparentada con Alfonso XI de la que era sobrina y fue educada en un monasterio de la Orden de Guadalajara fundado por sus abuelos.

Su padre, llamado Martín López de Córdoba, era hijo del mayordomo de Dª. Blanca, esposa del rey Pedro I y llegó a ser Maestre de las Órdenes de Calatrava y de Alcántara. Pereció decapitado en Sevilla tras luchar en la sucesión de la dinastía castellana cuando Leonor apenas contaba con ocho años de edad. Ello ocasionó la confiscación de todos los bienes familiares y la encarcelación de aquella durante nueve años en las Atarazanas de Sevilla sufriendo los rigores de prisión y las epidemias de peste hasta 1379 cuando tras la muerte de Enrique II es liberada.

Una vez recuperada la libertad y mientras su esposo trata de recuperar la hacienda expoliada, Dª. Leonor se instala Córdoba. Después de tanta adversidad trata de entrar en el convento de la Orden de Guadalajara fundado por sus bisabuelos, aunque no llega a prosperar dicho deseo al regresar su marido. Pocos años más tarde, en torno a 1389, nació su primer hijo y comenzó a mejorar la situación familiar hasta que con la ayuda económica de su tía, los canónicos de San Hipólito le concedieron unos corrales entre la iglesia y el muro de la ciudad donde construyó dos palacios, una huerta y dos o tres casas más para servicio. Por estas fechas daría a luz a su hija, Leonor.

Las epidemias de peste que se extendían por toda la geografía castellana llegaron a Córdoba alrededor de 1400 lo que provocó la marcha de Dª. Leonor hacia Santaella y posteriormente hacia Aguilar donde su hijo Juan, infectado por la peste, moriría al cuidar una noche, incitado por su madre, de un judío llamado Alonso, huérfano recogido por la autora cordobesa en 1391.

La muerte de su primogénito de doce años provoca un enorme escándalo que causará el retorno de la familia a Córdoba y que transformará la vida de Leonor cuando a comienzos del siglo XV, sea nombrada camarera mayor de la reina Dª. Catalina de Lancaster, nieta de Pedro I y viuda de Enrique III.

Su entrada en palacio, como privada de la reina regente, supone un hito en la vida de Leonor porque su vida cambiará por completo hasta convertirse en una de las personas principales del reino de Castilla con amplias influencias políticas al ser consejera personal de la reina y del infante cuyas opiniones o pareceres eran más consideradas que la de nobles, clérigos, caballeros o doctores. Producto de esta etapa de su vida, Leonor obtendrá una considerable fortuna que será destinada a la compra de varias posesiones para, tan sólo tres días después, donarlas al prior y frailes del propio monasterio de San Pablo.

Las tensiones internas, las intrigas en torno a la corona castellana y el hecho de que una mujer hubiera adquirido tanto poder político en la corte provocará la censura y el recelo de nobles y potentados hasta que la propia reina se percate de la enorme influencia de la autora cordobesa y trueque de forma súbita en desconfianza y desamor los afectuosos sentimientos que había manifestado hacia Dª. Leonor. En 1412 la reina prescindirá de la que había sido su consejera y valida amenazándola con quemarla en la hoguera si, tras haber llegado a Cuenca movida por el infante Fernando de Antequera, no regresaba de inmediato a Córdoba junto con toda su familia.

A partir de esta fecha, Dª. Leonor desaparecía de la vida pública refugiándose en Córdoba donde pasaría los últimos años de su vida y donde fue enterrada, poco después de 1412, en una capilla erigida por ella en la iglesia de San Pablo. Es una de las pocas mujeres que supieron ocupar un espacio público en la confluencia de los últimos vestigios del sistema medieval y los primeros albores del pensamiento humanista. Dotada de una gran capacidad intelectual, Dª. Leonor se convirtió por méritos propios en una de las figuras más destacadas de su época, erigiéndose sunombre en uno de los más representativos de la historiografía femenina, sobre todo, por haber sido capaz de sacar a la luz un texto autobiográfico donde el principal valor es el haber hecho uso de la palabra y haber contado en primera persona la vida de una mujer.

 B i b l i o g r a f í a

GÓMEZ SIERRA, E. «La voz del silencio. Memorias de Leonor López de Córdoba». En La voz del silencio. Fuentes directas para la historia de las mujeres. Madrid, Al-Mudayna, 1992. pp. 111-129.

LÓPEZ ESTRADA, F. «Las mujeres escritoras en la Edad Media castellana». En La condición de la mujer en la Edad Media. Madrid, Casa de Velázquez, 1986. pp. 9-38.

NELKEN, M. Las escritoras españolas. Madrid, Labor, 1930. pp. 44-46.

RIVERA GARRETAS, M. Textos y espacios de mujeres. Europa, siglos IV-XV. Barcelona, Icaria, 1990; pp. 159- 178.

 Blas Sánchez Dueñas. Universidad de Córdoba.

 

 

15

Beatriz Enríquez de Arana [1467?-1521?]

Son pocos los datos que se pueden reseñar a ciencia cierta en la biografía de esta mujer. Sabemos que pertenecía a una familia de origen vizcaíno, residente en la villa cordobesa de Santa María de Trassierra. Modestos labradores y propietarios de algunos bienes inmuebles (casas y viñas), los Arana tenían un cierto nivel social que se refleja en el hecho de que Beatriz supiera leer y escribir, circunstancia bastante infrecuente en la época.

Lo más probable es que la familia de Beatriz frecuentara los círculos italianos, y

particularmente genoveses, existentes en la ciudad, con los que entraría en contacto con el recién llegado Cristóbal Colón, alrededor del año 1487. Fue entonces cuando esta hermosa, sugestiva, inteligente y culta mujer sucumbió a la tentación y se enredó en amores con el misterioso aventurero, seducida por una mezcla de fascinación y sueños de grandeza.

Parece que no hay duda de que Colón, que pasaba de la treintena, se enamoró de la joven que le hizo «más llevaderas y agradables» sus estancias en Córdoba, en tanto su proyecto era definitivamente asumido por la Corona. Se desconoce la edad que contaba la cordobesa cuando inició su relación amorosa con Colón; para algunos autores era una joven de unos dieciséis años, para don José de la Torre, pasaba la veintena y estaba en condiciones de planear la conquista del extranjero, «pues por su edad y carácter, no es de suponer que Colón la enamorara».

Fruto de estas relaciones sería el nacimiento, en agosto de 1488, de un niño que se llamaría Hernando por expreso deseo del padre, y en honor del Rey Católico.

Firmadas las Capitulaciones de Santa Fe, en abril de 1492, regresó a Córdoba, partiendo Colón para realizar su ansiado viaje del descubrimiento, llevando consigo a Diego Arana, primo de Beatriz, y dejando instrucciones para que su primogénito Diego Colón fuera confiado a aquella.

El regreso de esta expedición marcó el final de toda relación entre Beatriz y el navegante; éste le recogió a sus dos hijos, que en adelante quedarían en la corte en calidad de pajes del príncipe don Juan. A modo de compensación de la deuda moral contraída con ella, Colón le asignó una corta pensión de 10.000 maravedís anuales en 1493, y otra igual en 1502. Tres años después, en el codicilo ológrafo que ratificaría la víspera de su fallecimiento, en 1506, encomendó a Beatriz a su hijo primogénito a fin de que le asegurara rentas que le permitieran llevar una vida honesta.

Aunque se desconoce la fecha de su fallecimiento, sabemos que Beatriz le sobrevivió en más de tres lustros. Así lo prueban algunas escrituras que atestiguan las dificultades económicas a que tuvo que hacer frente; y es que al retraso en el pago de las mencionadas rentas se sumaba el total desamparo en que la tenía su hijo, que siempre expresó hacia ella un desapego extremo. Ni siquiera quiso conservar los bienes que ésta le legó.

El aspecto más debatido de la relación de Beatriz con Cristóbal Colón, y sobre el que más ampliamente se ha elucubrado, es el relativo a la razón por la cual no contrajeron matrimonio, siendo ella soltera y él viudo. La visión de don José de la Torre se inscribe en esta línea, y si bien prueba con documentos que Beatriz pertenecía a una familia de modestos lagareros, atribuye la ruptura de los amantes a la traición de la joven, despechada por el abandono de Colón, al que en realidad no le vinculaba el amor sino el interés. La infidelidad de Beatriz llegaría a conocimiento de aquel en el transcurso de su primer viaje descubridor; a su regreso, la consideró indigna y rompió toda relación o compromiso con ella. Otros autores, empeñados en enaltecer la talla moral del descubridor, para hacerle así más fácil la subida a los altares, han defendido la existencia de un matrimonio canónico entre los amantes, antes o después del nacimiento de su hijo. Pero esta hipótesis, al igual que las anteriores, no goza de aprobación entre los historiadores serios.

En opinión del profesor Manzano, la vertiginosa ascensión social de Colón tras el primer viaje hizo imposible la unión entre el ya virrey, almirante y gobernador, y la humilde Beatriz; y es que las leyes de Castilla imponían restricciones a los matrimonios de los Grandes del reino, entre los cuales se contaba ya aquel. De esta forma, Cristóbal Colón, víctima de los prejuicios sociales de su época, «no pudo o no quiso saldar la deuda de honor contraída con la joven cordobesa». Se limitó a señalarle una pensión modesta y a encarecer a su hijo Diego que la cuidara como si de su propia madre se tratara. Por otra parte, no hay evidencia alguna de que, una vez abandonada por su amante, Beatriz se hundiera en el vicio, como la maledicencia de algún autor ha imaginado. En cuanto a Colón, es posible que los remordimientos por su «desliz amoroso» le acompañaran durante toda su vida, pero lo cierto es que su comportamiento fue mezquino. Sólo en parte reparó el daño hecho y fue con la legitimación de su hijo Hernando, lo que le permitió gozar a éste de una posición social vedada a los vástagos naturales.

Sintiendo ya próxima la muerte, Cristóbal Colón reconoció la persistencia de la deuda que había contraído y nunca saldado con Beatriz («como persona a quien yo soy en tanto cargo»). Las providencias económicas que tomó entonces pudieron descargar un tanto su conciencia, pero nunca reparar las heridas que el desengaño y el abandono infligieron en el alma de la cordobesa.

 Bibliografía

DÍAZ-TRECHUELO, Mª. L. Cristóbal Colón. Madrid, Palabra, 1992.

MANZANO MANZANO, J. Cristóbal Colón. Siete años decisivos de su vida, 1485-1492. Madrid, Cultura Hispánica, 1989.

DE LA TORRE Y EL CERRO, J. Beatriz Enríquez de Arana y Cristóbal Colón. Córdoba, Caja de Ahorros Provincial, Asociación de Amigos de Córdoba, 1984

Marta María  Manchado López. Universidad de Córdoba.

 

 

16.

Concha Lagos [1909]

Nacida en Córdoba, Concha Lagos es el nombre literario de Concepción Jiménez Torrero, que como otras mujeres -no sólo escritoras- de su tiempo, hace suyo el apellido del marido, no sabemos bien en este momento si apropiándose de él a manera de seudónimo o por lo que en un principio tuviera de presentación social.

Pasó su infancia en Córdoba, fue bautizada en la Parroquia de San Nicolás y allí cursó sus primeros estudios, entre los que se incluían francés, música y canto, en el colegio de la Sagrada Familia, conocido popularmente como las Francesas. Con el traslado de su familia a Madrid, sólo volverá a Córdoba circunstancialmente, aunque la ciudad, sus costumbres, su atmósfera, los olores, sonidos y naturaleza perviven en su poesía como sensaciones irrenunciables, «entretejidos a los temas centrales, dejando de ser meros telones o fondos de ambientación descriptiva» (C.Zardoya).

Por su matrimonio, se afianzará definitivamente en Madrid, a cuya casa de Gran Vía, concurrirán escritores, pintores y artistas así como fotógrafos y cineastas; uno de estos pintores, Anselmo Miguel Nieto, amigo íntimo del matrimonio, la pintará en uno de sus mejores y apreciados retratos. Reconocida no sólo por su aportación poética, sino también por su atención a la edición de poesía a través de las páginas de la revista Ágora, a la que se incorporó en la entrega número veinticinco y que dirigió en 1956; revista que sería el germen de la tertulia de los viernes y que daría nombre a una colección, actividades todas dirigidas a la búsqueda y difusión de nuevos valores poéticos contemporáneos, que no siempre terminaron por corresponder a aquella que tan generosamente había abierto las puertas y los cenáculos literarios madrileños, cuando todavía eran aspirantes a poetas recién llegados de provincias.

Su valía y originalidad han sido reconocidas por críticos y poetas, estudiada en diversas universidades americanas, ha recibido premios como el «Ámbito Literario de Poesía» (1980) o el «Ibn Zaydun», del Instituto Hispano-Árabe (1984); con ellos se ha querido ratificar los valores poéticos de un corpus abundante en el que precisión, constancia, sinceridad, hondura expresiva y calidad poética se dan la mano.

Concha Lagos concibe la creación literaria como un trabajo en el que se aúnan inspiración, criba y corrección. Tiene en Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y especialmente Luis Cernuda a sus mentores poéticos; de este último, confiesa estar imbuida de su tono y de su clima poético; entre las escritoras admira a Carmen Conde, Ángela Figuera, Pilar Paz Pasamar, Elena Andrés... en las que reconoce la originalidad, la fuerza y el misterio de sus palabras. De los extranjeros, Rilke será el poeta más admirado.

De vocación temprana, aunque aparición tardía como escritora, a Concha Lagos se la conoce como poeta, pero cuenta también con abundante producción en prosa: cuentos -El pantano (1954), La vida y otros sueños (1969)-, aparecidos en diarios y revistas como Ágora, Ya, Papeles de Son Armadans, La Estafeta Literaria...; novelas -Al sur del recuerdo ( ) «mitad diario, mitad libro de comentarios y reflexiones » (M. Fraile), con Galicia y la guerra civil como trasfondo-, artículos periodísticos, guiones para televisión, e incluso teatro -Después del mediodía (1962), estrenada en Madrid-. Su presentación como poeta la hizo con Balcón (1954), que recuerda inevitablemente a Entre visillos de Carmen Martín Gaite, por su conversión de los lugares físicos en el punto de vista desde el que contemplar, descubrir, juzgar y comunicar el mundo con ojos de mujer.

Poesía «culta», pero también popular, del pueblo -Arroyo claro (1958), de resonancias infantiles, Canciones desde la barca (1963), muchos de cuyos poemas pasaron a ser «copla». Su reconocimiento progresivo fue logrado poco a poco, como el respaldo concedido por su inclusión en la colección santanderina «Cantalapiedra» con el libro La soledad de siempre (1958), siendo ella la primera mujer que figuraría en la misma. Su temática, de orientación existencial, se debate entre la fe y la duda comunicada mediante un agonismo religioso que la fuerzan a actitudes extremas en donde se hacen presentes rebelión y nihilismo.

Vacila entre el arraigo y el desarraigo vivencial y poético; duda e inseguridad acosan a la autora desde los primeros libros sin que excluya por ello otros temas como el mundo de los niños -el ya citado Arroyo claro-las preocupaciones maternales -Agua de Dios (1958)-, la frustración -La soledad de siempre (1958)-, el amor -Luna de enero (1960)-, la naturaleza como elemento vivificador que consuela e impulsan a su autora a seguir la búsqueda de la luz y del conocimiento, sólo revelado a través del sueño y el recuerdo -El corazón cansado (1957), Tema fundamental (1961), Golpeando el silencio (1961)-; con frecuencia Concha Lagos se plantea la necesidad de volver a los orígenes como única manera de recobrar el conocimiento -Para empezar y Canciones desde la barca (1963), Los anales (1966), El cerco (1971), La aventura (1973)-. Dudas y vacilaciones intensifican su preocupación agónico-existencial sin que lleguemos a encontrar un vencedor definitivo al dejar su autora la puerta siempre abierta a la esperanza.

Concha Lagos presta su voz a los temas del Sur, de ese Sur del que nunca se llegó a alejar definitivamente. Con perfecto dominio del lenguaje, utiliza con mesura los recursos retóricos. Su lenguaje es exacto, cuidado, pudiendo descender a niveles coloquiales y populares cuando el intimismo y la familiaridad lo permiten, o remontar su vuelo a un vocabulario litúrgico-religioso o técnico con referencia a sucesos o personajes concretos. Todo ello transmitido mediante unos símbolos que por clásicos y universales entroncan a la autora con lo más recio y perenne de nuestra literatura.

 Mª José Porro Herrera. Universidad de Córdoba.

 

17

Manuela Díaz Cabezas [1920]

Campesina y guerrillera. En 1939, tras la victoria franquista, muchas mujeres marcharon al exilio. Muchas otras se quedaron en sus pueblos, en sus casas, conviviendo o, para hablar con más precisión, coincidiendo diariamente con los vencedores, en el exilio interior. Una de estas mujeres, como tantas otras que ahora empiezan a recuperarse desde la historia feminista, es Manuela Díaz, apodada «la guerrillera». Nace en el pueblo de Villanueva de Córdoba, en una humilde familia campesina, el día 11 de diciembre de 1920. Fue la mayor de siete hermanos hijos todos de Francisco y Ana María. Casi todas las familias asentadas de los pueblos tienen su apodo y así se les conoce entre los del lugar. A la familia de Manuela, desde su bisabuelo, se la conocía por «Los Parrilleros».

En la biografía que de ella hace Antonina Rodrigo, nos la presenta como una mujer «guapa, valiente, analfabeta porque nunca pudo asistir a la escuela». Por otro lado nada de extrañar, en un país en que en el 1920, año del nacimiento de Manuela, el analfabetismo femenino rondaba el 60% de la población femenina. Sin embargo, su falta de estudios no impidió que se desarrollase su conciencia de clase y su lucha contra la injusticia. Hija de campesinos, ayudaba a sus padres en las faenas del campo. Como afirma Rodrigo «esas fueron sus asignaturas». Su concepto de libertad, en el más amplio sentido del término, la llevó a preferir trabajar en el campo, en la libertad del aire libre, que a ocuparse en el servicio doméstico. Esa libertad la llevó a ser compañera de Miguel hasta la muerte de él en 1944.

Manuela no estuvo afiliada a ningún partido político, aunque votaba al de su madre, militante comunista.

Al finalizar la Guerra Civil los hombres de la familia, incluido Miguel, militantes izquierdistas, se integraron en la guerrilla. Comenzó entonces la cadena de sufrimientos para Manuela. Madre e hija tuvieron que hacer frente a la supervivencia de los que quedaron, hermanos pequeños y los dos hijos de Miguel y ella. Detenida por ayudar a los fugados, sufrió las primeras vejaciones, palizas y torturas.

Después vinieron más. A la menor sospecha, Manuela era llevada al Ayuntamiento, que era la cárcel del pueblo. Sin embargo, no consiguieron que denunciara a los de la partida de «Los Parrilleros», en la que pronto se tendría que integrar Manuela, acosada por la Guardia Civil que, según sus propias palabras, «no la dejaba vivir». Su vida en el monte, como guerrillera, estuvo llena de penalidades. En el pueblo, con la abuela, quedaban sus dos hijos. Allí, en el monte, le nació el tercero. Sin recursos, ni condiciones para criarlo, tuvo que dejarlo en un cortijo. La guardia Civil se hizo cargo del niño y lo internaron en el hospital de Villanueva.

Apenas sobrevivió un año. Al parecer, según le comentó a Rodrigo, «el niño no fue muy bien atendido por el médico falangista» que atendía la sección de pediatría. Pero de todas las penalidades de Manuela la mayor de todas era el estar separada de sus hijos. El riesgo que suponía el ponerse en contacto con la familia les obligaba a mantenerse alejados de ella. Creyeron que la ocasión estaba de su parte durante la celebración de las ferias, pero alguien les delató y tuvieron que desistir de su empeño. Era el año 1943. Al año siguiente, en febrero, el jefe de la partida, Miguel, cayó muerto tras un enfrentamiento con la Guardia Civil. En diciembre de 1944 la partida fue capturada en Fuencaliente. Tras los interrogatorios de rigor, torturas y palizas incluidas, no consiguieron sacarles información. Manuela, con un brazo partido, salió de Villanueva para ser encerrada en la cárcel de Ventas. Le fue conmutada la pena de muerte. Sus compañeros, Alfonso y José Antonio Cepas El Lobito, sufrieron peor suerte. Durante su cautiverio murieron su hijo Juan, con diecisiete  años, y su padre, que también había sido huésped de la Cárcel de Valencia doce años.  Manuela recuperó la libertad en 1961. Había cumplido cuarenta y un años.

Cuando A. Rodrigo la entrevistó para su biografía, le contó que durante sus años de presidio aprendió a leer y a escribir y que le enseñaron también a coser, con lo que pudo ayudar a su madre mientras estuvo presa. Desde su casa de Villanueva de Córdoba hace recuento de su vida. El cuerpo cansado, dolorido por las penalidades y las antiguas palizas. La mente lúcida y el recuerdo presente de sus luchas.

 B i b l i o g r a f í a

MORENO GÓMEZ, F. Córdoba en la posguerra (La represión y la guerrilla, 1939-1950), Francisco Baena Editor, Córdoba, 1987.

RODRIGO, A. Mujer y exilio. 1939 (Pról. de M. Vázquez Montalbán), Compañía Literaria, Madrid, 1999.

 Rosa María Ballesteros García.  Universidad de Málaga.

 

 Josefina Molina [1936]

De padre cordobés y madre catalana, Josefina Molina vivirá desde su nacimiento en un ambiente pequeño-burgués, relativamente desahogado, en el que la profesión de su padre como comerciante de droguería y calzados en los difíciles años de posguerra y la inestimable ayuda de su madre no sólo en las labores caseras sino cuando era necesaria su presencia en alguna de las tiendas, le permitirán asistir primero al colegio de los Hermanos de La Salle y más tarde al de las Escolapias de Santa Victoria, donde cursará los estudios de Bachillerato y la Reválida, algo que su padre en cierta manera consideraba innecesario para una mujer, pero que alentó la madre en el convencimiento de que de una buena instrucción derivaban mayores cotas de libertad personal, lo que a Josefina le vendría muy bien en su vida futura.

Recuerda como primeros juguetes un «Cine-Nic» cuya manivela manejaba su hermano, pero que a ella le permitía extasiarse ante unas imágenes en movimiento que vería perfeccionadas en la gran pantalla cuando con su familia asistía al cine a las sesiones de las cuatro de la tarde; en ellas encontraba terapia y divertimento, así como en la lectura de los cuentos de Calleja, las Aventuras de Guillermo, una biografía de Marie Curie -su heroína algún tiempo- regalo de su hermano y los Episodios Nacionales de Galdós, todo un descubrimiento a sus 13 años.

Las prácticas del Servicio Social, entonces obligatorio, en el «Orfanato Santa Rosa», su voluntariado en las Damas de la Cruz Roja en tareas de enfermería, eran simultaneadas con la asistencias a las sesiones del «Cineclub Senda», al que asistían con asiduidad jóvenes que más tarde formarían parte de la intelectualidad cordobesa, así como también al «Cineclub del Círculo de la Amistad»: El río en el cine Góngora, film dirigido por Jean Renoir estaría en los inicios del irresistible atractivo que en adelante sentiría por el séptimo arte. Pero antes debió pasar por el mundo del teatro, cuando en el progresista «Círculo Juan XXIII» de Córdoba, se convirtió en co-fundadora del «Teatro Ensayo Medea», para el que dirigiría como primicias de ambos la clásica del feminismo Casa de Muñecas de Ibsen; el estreno en el Salón Liceo del Círculo de la Amistad lo recuerda como un cúmulo de contratiempos a causa de la mala acústica del local, la impericia del grupo teatral y la reacción confusa de un público numeroso, gran parte del cual no entendió o no quiso entender el mensaje que desde las tablas se les mandaba. Otras puestas en escena, hasta cuatro, siguieron a las anteriores.

En 1962 va a entrar en contacto con el mundo radiofónico a través de la emisora «Radio Vida», en la que participó con el espacio semanal «La mujer y el cine» dentro del programa Vida de espectáculos. El año 1963 sería el de su marcha a Madrid para cursar los estudios de Ciencias Políticas pero, en realidad, era para poder ingresar en la Escuela Oficial de Cinematografía, vocación mal comprendida por su familia por considerarla tan fuera de los cauces considerados habituales para una mujer, y en la que, gracias a su empeño, y tras aparcar los estudios de Ciencias Políticas, consiguió ser la primera que obtuviera en España el título oficial de Directora de Cine, profesión que a partir de ese momento ejercerá con asiduidad y rigor, simultaneándola con la de realizadora de televisión.

Trabajó en TVE desde 1966 hasta 1982 en que pide la excedencia escudada en la socorrida frase «motivos de salud», aunque la realidad fuera otra. Entre su primer documental realizado para el medio televisivo, Cárcel de mujeres con el trasfondo de la cárcel de Carabanchel madrileña, y sus últimos trabajos, su cámara y con ella su mirada han contribuido a realizar espacios tan apreciados como algunos de la serie Paisajes con figuras de la mano de Antonio Gala, los de Ésta es mi tierra, presentados por Saramago, Ana Mª Matute, Castilla del Pino o Luis Landero.

Las grandes plumas, a través del espacio Hora 11, la convirtieron en guionista de obras de Kafka, Guy de Maupassant, E.A. Poe, Platón, Dostoievski, H. Von Kleist, Pereda, Lope de Vega, Goldoni, Gorki, Chejov... Ha estado igualmente presente en otros de tan reconocido prestigio y aceptación de público como Estudio 1, Teatro de siempre, Novela... De todos ellos, sería la serie titulada Teresa de Jesús, coproducción de RTE/RAI, en colaboración con Carmen Martín Gaite y Víctor García de la Concha, quien lanzara su nombre al reconocimiento del gran público. Su calidad como cineasta será reconocida con la concesión del Premio Italia y el ser nombrada «Serie del Año en la 29 Semana Internacional del Cine de Valladolid». Seguirán otras coproducciones y su despedida del medio televisivo, por el momento la ha hecho con la adaptación de Entre naranjos, junto a Martínez de León, la novela de Blasco Ibáñez estrenada en 1998. Su última tentativa fue un fallido proyecto de serie televisiva Los papeles de Bécquer (2000).

Entre rodaje y rodaje, el teatro le abrió las puertas con la adaptación de Cinco horas con Mario de M. Delibes (1979) que gozaría de inusitado éxito de público. Le siguieron cuatro obras más, adaptaciones de autores clásicos y modernos estrenadas en primer momento en los teatros madrileños. El cine, su gran pasión, daría pie a la dirección de una serie de obras en las que figura como más conocidas Vera, un cuento cruel (1973) y Esquilache (1989); por el momento ha cerrado el ciclo con La Lola se va a los Puertos (1993), que supuso un cambio radical en lo que habían sido sus líneas habituales en temas y estilo.

Dice no sentir especial predilección por ninguno de los medios citados, sino que más bien se deja llevar por las exigencias del tema y las posibilidades de comunicarse que cada uno le brinda.

No puede extrañarnos, pues, que ante tamaña y rica obra de creación, fuera merecedora en 1995 de la Medalla de Andalucía.

 Mª José Porro Herrera. Universidad de Córdoba.

 19

Juana Castro [1945]

Nació en Villanueva de Córdoba, en una familia labradora y vivió su infancia en un ambiente rural cuyos ritos y costumbres despertarían muy pronto un sentido crítico asociado a una conciencia feminista donde el paisaje nunca fue objeto de disfrute sino escenario de injusticias sociales. Pero Juana Castro, que nació con vocación de escritora gozando ya cuando las tareas escolares se concretaban en redacciones libres, hubo de esperar, dedicada primero a cursar estudios de Magisterio y a ejercer la profesión inmediatamente después por el Norte de la provincia hasta recabar definitivamente en la capital, todo ello antes de ver publicado en 1978 su primer libro al que tituló Cóncavamujer; con él ingresaría oficialmente en el mundo de la literatura y por él recibiría las primeras críticas de quienes se vieron sorprendidos con la lectura de unos versos en los que la mujer llenaba todo, si bien se encontraban ante una visión radicalmente distinta a las que venía proporcionando el imaginario tradicional. Una nueva voz se afirmaba como sujeto, transgredía tanto desde la desolación como desde el gozo, señalando conductas represoras.

Juana Castro, ya en Córdoba, buscó relacionarse con quienes podía sentir cercanos por coincidir en su mismo amor por la palabra escrita: fueron los elegidos los poetas que por aquel entonces -1976- formaban el grupo Zubia, para posteriormente transitar en soledad buscando nuevas fórmulas poéticas sin abandonar por ello el que fuera el tema fundamental: la defensa de la mujer. Sus múltiples lecturas realizadas de forma autodidacta a partir de la revista catalana Vindicación Feminista, le sirvieron de modelo para la comprensión elaborada de lo que desde hacía mucho tiempo ella había vislumbrado y hecho suyo: la afirmación de la mujer desde su mismidad.

Desde su aparición en público, Juana Castro debió responder innumerables veces a la pregunta de sí se consideraba feminista, porque el calificativo ha sido lanzado contra ella en ocasiones como arma censora con la que rebajar el encendido lirismo de su palabra. La respuesta ha ido siempre en la misma dirección: el feminismo como obsesión, como compromiso, como opción de vida, sentido de manera visceral con la clara intención de dejar sentado de una vez el sentido trágico de la condición humana en general y de la relación intersexos en particular, el descubrimiento de una identidad tan dolosa como afirmativa y radiante. Cada uno de sus libros, cada uno de sus artículos en la prensa sea cual sea la cabecera que la acoja -diario Córdoba, La Voz de Córdoba, El Día de Córdoba...- supone una vuelta de tuerca en la que se imbrican presente y pasado, tradición y actualidad, algo que le permite reservar el género poético para la cuidada elaboración de sus tesis feministas en cuya exposición recurre a los grandes mitos, al despliegue de un lenguaje neobarroco, selecto, preciso y meditado, a la imagen colorista elaborada, pletórica de sensibilidad y en proceso de simplificación en aras de una sobriedad recientemente vislumbrada, a la utilización de un verso libre, acorde con el tono del poema o del conjunto del libro del que forma parte, mientras que por otro lado la excelente prosa de sus artículos periodísticos la reserva para verter en ella la ironía sutil, el dardo hiriente de su opinión nunca aherrojada.

La crítica han querido ver en su poesía un fuerte contenido autobiográfico, lo que no deja de ser cierto en obras como Del dolor y las alas (1982) escrito a raíz de la muerte de su hijo, Paranoia en otoño (1983) reflejo de un intenso sentimiento amoroso, pero no se olvide que para Juana Castro toda poesía hay que entenderla como «un medio de conocimiento de mí misma y del mundo que me rodea. En el proceso de la escritura es donde voy encontrando las respuestas a la vida», de lo cual se deduce que cada libro salido de su pluma es una concesión a las preocupaciones del momento y al clímax poético que la embarga, «desde la carne» de la mujer que sufre, goza o se dispone a vivir y a rememorar la infancia pasada que no es otra que la repetición de otras muchas infancias anteriores que la identifican como un eslabón más de una genealogía femenina familiar y literaria.

Con Narcisia (1986), Juana Castro deifica lo femenino; en Arte de cetrería (1989) se impone el goce del cuerpo amado y del sometimiento como nueva fórmula de dominación; Fisterra (1992) renueva sus raíces rurales y pueblerinas porque es en el fin de la tierra donde se puede llegar a desvelar el misterio de la existencia. No temerás (1994) refuerza su siempre voluntad transgresora; en Del color y los ríos, se desnuda de las galas barrocas para transitar por el lenguaje medido conciso del mundo rural, donde la memoria colectiva de mujeres anónimas ofrece a la autora experiencias femeninas pocas veces cantadas por la literatura canónica. Su último libro se titula El extranjero (Adonais, 2000) y ha merecido el Premio «San Juan de la Cruz»; anteriormente recibió los premios «Juan Alcaide» (1983), el «Juan Ramón Jiménez», «Carmen Conde» (1994); fue finalista del Premio Nacional de Poesía (1990), todos ellos en reconocimiento a su labor poética. No menos distinguida ha sido su obra en prosa, que han merecido el «Premio Nacional de

Imagen de la Mujer en los Medios de Comunicación» (1984), por su serie «La voz en violeta», en el desaparecido La voz de Córdoba, y el «Carmen de Burgos» (1996), por los artículos en la prensa periódica.

Ha promovido asociaciones de mujeres, coordinado publicaciones y congresos poéticos y no cesa en su actividad feminista, a la que aporta su experiencia y su indudable calidad literaria. Se siente tentada por la prosa; siempre habla de una inminente novela que esperamos con verdadero interés.

 Mª José Porro Herrera. Universidad de Córdoba

 

5

Antonia Alcaide López [1943- ]

Antonia Alcaide López nació hace 60 años y vive con su marido, Manuel Carrasco Priego, y sus seis hijos en la calle Hermanos Bautista de Morales nº 4 de Montilla (Córdoba).

Como madre y ama de casa se dedica a la educación de sus hijos, al cuidado y atención de las tareas domésticas y todavía encuentra tiempo en su quehacer diario para ayudar, con ilusión y esperanza, al pueblo saharaui de Tinduf, situado en la zona desértica del suroeste de Argelia.

Desde que, hace tiempo, Antonia viera un programa de televisión sobre el Sahara y los saharauis, quedó impresionada con las imágenes de unos niños que aparecieron en el mismo. A partir de ese momento no ha dejado de preocuparse por ayudar a los niños y niñas saharauis.

Intentó en varias ocasiones acoger en su casa a un niño saharaui pero, por distintas razones, no pudo. Contactó con Manuel Carrasco, presidente de la asociación cordobesa “Amigos de los Niños Saharauis” quien posibilitó que Antonia acogiese en su casa a una niña durante un verano. A partir de aquí, visto el interés y la preocupación que Antonia sentía por este problema, el presidente le propuso que fuese la coordinadora en Montilla de dicha Asociación.

Antonia acepta la propuesta, se rodea de otras personas con la misma sensibilidad social y se ponen a trabajar. Su misión consiste en recoger dinero y alimentos no perecederos (azúcar, aceite, arroz ... ) para enviarlos, a través de la asociación cordobesa, a los campamentos de Tinduf. Tanto Antonia como las personas que colaboran con ella, entre los cuales también se encuentran su marido y sus hijos, dedican muchas horas durante todo el año a su labor de ayuda al pueblo saharaui, realizando actividades, contactando con centros educativos, empresas montillanas, asociaciones de todo tipo, organismos públicos, etc., pidiendo ayuda y colaboración para hacer posible esta bonita labor.

Ha acogido en su casa a dos niñas y ha viajado, haciendo un esfuerzo económico considerable, hasta Tinduf en donde ha convivido cuatro días con la familia de una de las niñas que estuvo acogida en su casa hace varios veranos.

De este viaje tiene una experiencia inolvidable ya que ha comprobado lo poco que tienen y lo felices que son compartiendo “este poco”. Por ello, Antonia vive con  ilusión cada día que amanece y trabaja para el pueblo saharaui y para su familia, que la apoya en todo momento y que la anima a diario para que continúe la magnífica labor que viene desarrollando a favor de “sus otras familias” y de “sus niños saharauis” de los campamentos de Tinduf, en el suroeste de Argelia.

Y de esta manera, además de la ayuda económica, cada verano, gracias al trabajo de Antonia y de sus colaboradoras, son muchos los niños saharauis acogidos por familias montillanas con las que pasan un agradable verano librándolos de padecer las altas temperaturas que se alcanzan en el desierto y conviviendo y disfrutando unos de otros, quedando en ambas partes recuerdos imborrables.

 Información

Entrevista realizada a Antonia por dos alumnas de 5º nivel del COLEGIO SAN JOSÉ DE MONTILLA (CÓRDOBA) Mª Ángeles Espejo Sánchez - Carmen Belén Varo Carrasco

 

 6.

María Feliz y Luciana de Cueto y Enríquez de Arana, (Las Cuetas) [1691-1766] [1694-1775]

El origen de la familia Cueto y Enríquez de Arana se encuentra, por línea materna, en Montilla, y por línea paterna, en la malagueña villa de Coín, ciudad en la que vivieron Juan de Cueto y María de Varo y Molina, quienes se trasladaron a Córdoba, donde nació el hijo de ambos, Jorge de Cueto.

Jorge de Cueto, escultor como su padre, se afincó en Montilla atraído posiblemente por la gran demanda de trabajo que en ese tiempo existía en la ciudad, capital, entonces, del Marquesado de Priego. En Montilla conoció a la que sería su esposa, doña Inés María Pantoja y Enríquez de Arana, nacida en 1663, que era hija de Jorge Luis Cañete y Roa y de Jerónima Enríquez de Arana. El matrimonio tuvo 7 hijos, siendo la tercera de ellos María Feliz, nacida en 1691, y la cuarta, Luciana, que vino al mundo en 1694. Las dos hermanas, dotadas de idéntica sensibilidad artística, llegarían a ser notables imagineras.

Tras la muerte de Jorge Cueto, la esposa e hijos trasladaron su domicilio a la calle Alta y Baja, junto al antiguo colegio de niñas huérfanas de San Ildefonso, hoy denominado San Luis y San Ildefonso. En esta casa pasaron la mayor parte de su vida familiar y artística. La tradición popular cuenta que en este lugar ponían a secar las imágenes que ellas trabajaban, y que era tal la maestría que alcanzaron en el modelado que, en no pocas ocasiones, realizaron los moldes mientras conversaban con personas que las visitaban.

Los primeros trabajos documentados datan de 1727, y consistieron en unas pinturas para

la Iglesia patronal de San Francisco Solano de Montilla. Para este mismo templo se realizó

la Imagen de Jesús de Medinaceli, conocido popularmente como “El Rescatado”, que presenta una serie de características que la hacen atribuible a las hermanas Cueto.

En esta misma iglesia se encuentran también otras dos obras de Las Cuetas: la imagen de San Ignacio de Loyola y la de San Francisco Javier. En 1739, por encargo de Lucas Jurado y Aguilar, mayordomo de la cofradía del Rosario, realizaron la talla de la Virgen

del Rosario. En 1741, para la procesión claustral que la cofradía organizaba en las fiestas de la Purificación, realizaron la imagen de la Virgen de la Candelaria.

El presbítero Antonio Jurado y Aguilar, autor de un manuscrito que data de 1776, cita varias veces en su obra a las hermanas Cueto informando de la fama que adquirieron tanto en el Reino de Córdoba como fuera de él. En esta obra, afirma el mencionado presbítero que las escritoras realizaron varios trabajos para los padres franciscanos del monasterio de San Lorenzo, que se encontraba en las afueras de Montilla.

Entre las imágenes realizadas por Las Cuetas para este convento están la talla de vestir de San Juan de Capistrano y San Luis Obispo. Así mismo, llevaron a cabo la restauración de la Inmaculada Concepción, imagen que puede datarse del siglo XIII y que las escultoras revistieron con encolados y revisaron la mascarilla de cara y manos.

La cercanía de la vivienda de las escultoras a los monasterios de Santa Clara y de Santa Ana favoreció la proliferación de encargos que las artistas montillanas recibieron tanto de los mencionados conventos como de los familiares de las religiosas, para los que realizaron imágenes devocionales de suave textura, de tamaño inferior al académico, la mayoría Niños Jesús, para regalar a las novicias que ingresaban en estos conventos de orden monástica.

El traslado de su hermana Inés Francisca, junto con su familia, a Aguilar de la Frontera favoreció la relación de las artistas montillanas con este ciudad. Varias son las obras conservadas en la antigua Poley que se atribuyen a Las Cuetas como las imágenes de San José, que se venera en la parroquia del Cristo de la Salud, y la de Ntra. Sra. del Rosario, patrona de Mori1es, población que perteneció a la villa de Aguilar, desde la que debió ser trasladada.

La amistad que tenía la familia Cueto con el presbítero Jerónimo Martínez Espinosa de los Monteros les llevó a realizar varios trabajos para éste. En 1740, por orden del obispo de Córdoba D. Pedro de Salazar, recibieron el encargo de realizar la cabeza y manos de la imagen de la Inmaculada Concepción que hoy se venera en la parroquia de Santiago.

El 11 febrero de 1766, poco después de otorgar testamento, fallece María Féliz de Cueto y Enríquez de Arana. Sólo así pudo romperse una unión de trabajo mantenida durante decenios por las hermanas Cueto en su prestigioso taller.

El 15 de febrero de 1775, falleció doña Luciana, la menor de las imagineras. La parroquia de Santiago acogió su cuerpo y parece lógico pensar que sus restos se depositaron junto a los de su padre, en la capilla de Ntra. Sra. del Rosario.

Muchos son los elogios que se han dedicado a lo largo de los siglos a las escultoras montillanas. A modo de ejemplo citamos las palabras de su contemporáneo, el presbítero Antonio Jurado y Aguilar quien afirma “como son y como fueron las señoras Cueto, que en escultura, perfección, simetría de las imágenes apenas se le encuentra cotejo en las dos Andalucías, llenas ambas de prodigiosas hechuras sus virtuosas manos”.

 Bibliografía

Jiménez Barranco, Antonio Luis: María y Luciana de Cueto y Enríquez de Arana. Las Cuetas.

Montilla, Excmo. Ayuntamiento, 2000.

 Alumnos, alumnas y tutor de 5º nivel de Educación Primaria. C.E.I.P. San José de Montilla (Córdoba).

 7.

Nieves López Pastor [1900?-1978]

Nace en Cabra, en los primeros años de 1900. Consigue el bachillerato en el instituto de Cabra, cursa por libre en Madrid Licenciatura y estudios de Doctorado en Derecho y Licenciatura y estudios de Filosofia y Letras, Sección de Historia. Realiza como tesis: La mujer en la época de Séneca.

Llega a Villanueva del Arzobispo en el curso 1946-47 e imparte clases de Literatura, Arte y Filosofía. El colegio de Segunda Enseñanza, por el que ella tanto luchó y al que siempre defendió, cobra gran esplendor. Contribuye a que numerosos alumnos y alumnas de familias modestas puedan, en tiempos difíciles, iniciarse en sus estudios superiores y finalizar una carrera.

Reorganizó la biblioteca municipal de Villanueva en 1947, pues se habían dispersado sus fondos durante la guerra; partiendo de 250 volúmenes, hoy cuenta con más de 5.000.

En 1955, con motivo de la celebración del cincuentenario de la muerte del escritor Juan Valera, obtiene el primer Premio en el concurso convocado por la asociación “Amigos de Juan Valera” con el tema Narraciones, basado en la obra del escritor y paisano de Nieves.

Su labor poética se publicó en diversos periódicos y revistas; también publicó el libro de poemas Ala al Viento, en compañía de otros autores de la época. En dicho volumen apareció un “Auto de Nacimiento”, de sabor navideño, y poemas dedicados a Miguel de Unamuno, Antonio Machado, etc. Aún así, existe una extensa obra poética inédita.

También profundizó en la investigación histórica, centrada en Villanueva del Arzobispo.

Manejó legajos y manuscritos que reunió en la obra Aportación a una posible historia de Villanueva de Arzobispo, con datos de innegable interés. También permanece inédita. Mereció la amistad de destacadas personalidades del mundo intelectual de España y especialmente de Hispanoamérica, como la poetisa chilena Gabriela Mistral, o el cubano Hernández Catá.

Una de sus mayores alegrías, después de su jubilación, fue un homenaje sencillo, pero sincero, que cientos de personas le tributaron el 8 de Septiembre de 1973 en el Santuario de la Fuensanta de Villanueva del Arzobispo.

 Ha quedado como dicho popular, dada su gran cultura: “ Sabes más que Doña Nieves” , que se repite en los demás pueblos de la comarca de Las Villas.

- Existen en Villanueva del Arzobispo, un Instituto, una Asociación Cultural y una Calle que llevan el nombre de Doña Nieves López Pastor.

Murió en Úbeda, en la madrugada del Jueves al Viernes Santo, el 23 de Marzo de 1978.

 Información

- Manuel López Fernández, Cronista Oficial de Villanueva del Arzobispo y discípulo de Doña Nieves.

- Artículos publicados en los diarios La Opinión y El Egabrense de Cabra, ciudad natal de nuestra prolífica autora.

 Colegio Público Nuestra Señora de la Fuensanta de Villanueva del Arzobispo(Jaén).

 


Volver a página principal de Biografías de Mujeres Andaluzas

Contacta pinchando aquí

Visitantes en el siglo XXI