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Pepita Patiño

Enlace de la guerrilla. Victima represión franquista. Inspiró la Novela y Pelicula “La voz dormida”.1924- Córdoba

1. “El miedo se acaba, pero el recuerdo no”

2. Perfil Pepita Patiño, protagonista de ´La voz dormida´

1. "El miedo se acaba, pero el recuerdo no"

Tomado del diario Público http://www.publico.es/culturas/423125/el-miedo-se-acaba-pero-el-recuerdo-no Página vista el 30 de Junio de 2013

La mujer homenajeada por María León vio la gala en una residencia

ALFONSO ALBA Córdoba21/02/2012 11:45 Actualizado: 21/02/2012 11:45


Cuando María León le dedicó el Goya a la mejor actriz revelación, Pepita Patiño ya estaba acostada, pero con la tele encendida. Cuando la protagonista de La voz dormida compartió su premio con "todas las Pepitas del mundo, por ser mujeres valientes, generosas, que han conseguido perdonar pero no olvidar", a la cabeza de la Pepita Patiño de verdad, la que tiene 88 años y vive en una residencia de ancianos en Córdoba, se le vinieron "tantas cosas y tanto sufrimiento" que sus ojos azules se llenaron de lágrimas.

Pepita, que tuvo que ver la gala sola en su habitación "porque en la residencia hay que acostarse temprano", mira al cielo y junta las manos cada vez que recuerda la visita, hace apenas dos semanas, de las actrices María León e Inma Cuesta. "Son mis niñas, las quiero con locura", dice. Al poco baja la voz, tanto que casi se hace inaudible, y recuerda a su marido Jaime. La historia de amor de ambos es uno de los elementos sobre los que Dulce Chacón escribió La voz dormida, la novela que da título a la película del director Benito Zambrano.

Pepita vuelve una y otra vez a la historia de su vida. "¡Cuántos palos le dieron, cuántos palos!", suspira. "Con todo lo que me lo maltrataron y lo poco que lo disfruté". Pepita y Jaime apenas compartieron diez años. Se conocieron en 1940, en la sierra de Córdoba. Ella era enlace del maquis. Él, militante del PCE. A los pocos meses de noviazgo, la Guardia Civil capturó a Jaime. Tras un interrogatorio de 36 días en la cárcel de Córdoba, ingresó en prisión y no salió hasta 1960, tras el indulto decretado por la muerte de Juan XXIII. Jaime no llegó a vivir lo suficiente como para ver llegar la democracia. "Con tantos palos como le dieron", repite Pepita. "Te cuenta su historia y se te pone el vello de punta", afirma la monja que atiende la puerta de la residencia de ancianos de Pepita y que está leyendo “La voz dormida'. "Lo que ha sufrido esta mujer", se asombra.

"Llorando sin parar"

Pepita no ha visto la película. "No quiero sufrir más", dice. María León e Inma Cuesta le pidieron que no lo hiciera el día que pasaron juntas en Córdoba, "en el que no paramos de llorar". Las actrices acudieron a Córdoba a recoger los premios del Cine Andaluz y aprovecharon para visitarla. "Me alegro tanto por María", dice sobre la actriz premiada. También celebra que tanto Dulce Chacón, fallecida en 2003, como Benito Zambrano hayan hecho posible la amplificación del mensaje de su vida. "Espero que esta juventud no tenga que pasar por lo mismo que yo. Y que sepan que lo que tienen hoy es gracias a lo que luchamos nosotros", dice.

Preguntada por si aún tiene miedo, por si todavía, en las noches de soledad, le sobreviene el temor, ella levanta la voz y responde enérgica que no, que el miedo tiene fin. "El miedo se acaba afirma, lo que no se acaba es la vida, ni el recuerdo".



2. Perfil Pepita Patiño, protagonista de ´La voz dormida´

Tomado de el diario Córdoba http://www.diariocordoba.com/noticias/cultura/historia-de-una-larga-espera-con-final-casi-feliz_36192.html Página vista el 30 de junio de 2013


Historia de una larga espera con final casi feliz

ROSA LUQUE 17/01/2003

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Dicen que el pasado de cada cual se lleva reflejado en la cara, sin que maquillaje o impostura de ningún tipo puedan camuflarlo. No es el caso de Josefa Patiño, la cordobesa cuya historia, tejida de amor y miedo, inspiró el personaje central de la novela de Dulce Chacón La voz dormida , un alegato contra la represión de la postguerra que viene a devolver la palabra y la dignidad arrebatadas a las mujeres del bando perdedor.

Nadie diría al ver a Pepita, con sus ojos remansados en azul sereno y esa sonrisa beatífica que le ilumina el semblante, que se le escaparon los años rodeada de pérdidas y ausencias que aún le duelen, tanto tiempo después de aquella larga espera: 17 años aguardando la salida de prisión de un novio sin más posesiones que el carnet del Partido Comunista y un cuerpo vapuleado por las torturas de negros interrogatorios.

Fue tal fidelidad la que hizo que la escritora extremeña, conocedora de otras muchas historias quizá más duras y siniestras que la de Pepita, decidiera hacer de esta Penélope fiel a un Ulises varado entre las rejas del penal de Burgos, de la que tenía noticias a través de un pariente común, el hilo conductor de su libro.

"TODO FUE POR AMOR"

Pero la lealtad de esta mujer que habla en un susurro y no accede a conocer a la periodista si no llega recomendada ("Nos vemos fuera de casa, porque todavía hay gente a la que le fastidia que cuente estas cosas y no quiero problemas con el vecindario", se excusa), es más de carácter sentimental que ideológico. "Todo fue por amor, no por política, por amor a Jaime me quedé sin juventud y me volvería a quedar las veces que hiciera falta", dice con los ojos húmedos.

De hecho, a pesar de que varios familiares cercanos se le habían muerto en las cárceles franquistas, fue el azar el que hizo de Pepita, aquella muchacha tan guapa como asustadiza, un enlace de la guerrilla que se había echado al monte en la Sierra de Córdoba. "Quién me lo iba a decir a mí --suspira--. Visitaba a mi novio cuando podía, una vez al año, porque mi sueldo de criada no me daba para más y hasta tenía que empeñar el abrigo para encajarme en Burgos. A la vuelta siempre traía las instrucciones que él mandaba".

Eran mensajitos escritos con letra diminuta en papel de fumar que Jaime Cuello, activo comunista nacido en Alcaracejos, le pasaba escondidos en cajas "de ésas que los presos hacían para que la familia sacara un dinerillo rifándolas". Luego, ya a solas, "porque no podía fiarse una de nadie", sacaba el papelito y con mucho sigilo lo depositaba en el sitio convenido. "Si me cogen me fusilan --añade con sonrisa picarona, ya perdido todo recelo y convertida en lo que es, una mujer entrañable--. Pero no había más remedio que arrimar el hombro y dar testimonio".

Precisamente para darlo, cuando en 1976, "con todo el cuerpo resentido por los golpes que le habían dado", muere Jaime sin haber visto la democracia, Pepita se sacó el carnet del partido "para poder votar como él lo hubiera hecho --cuenta en tono solemne--. Y el día que legalizaron el PCE acudí con varios compañeros suyos a poner una corona de flores sobre su tumba".

Pero todo eso ocurrió mucho después. Porque la historia de amor y paciencia de Pepita y Jaime había empezado recién acabada la guerra, entre los muros de la cárcel de Córdoba, a la que él había llegado desde un campo de concentración. "Yo, que tenía 19 años y vestía de negro de pies a cabeza por la muerte de mi madre, solía ir de visita a ver a mi tío, y Jaime, que con 27 años llevaba ya cumplidos seis de una condena de veinte, le confesó que le gustaba ´la rubia de ojos azules´, y eso que me veía en el locutorio entre dos rejas --puntualiza coqueta--. Como mi tío le dijo que no tenía novio, cuando salió de prisión con un indulto empezó a pretenderme, y yo encantada porque desde el principio supe que iba a ser el hombre de mi vida".

Poco imaginaban entonces lo corta que iba a ser su felicidad, apenas seis meses de pudoroso noviazgo tronchados al caer Jaime en una redada y ser juzgado por lo militar, acusado de ayuda a los rebeldes. Le echaron otros veinte años, esta vez sin posibilidad de indulto, y tras volver durante un par de años a la prisión cordobesa, acabó en la Central de Burgos. "Pero antes de eso tuvo que soportar un interrogatorio de 36 días, a base de patadas y golpetazos en sus partes, en el Gobierno Civil. No quiero recordar cómo me entregaron la camisa --lamenta Pepita con la dulce mirada enrojecida--. Por suerte, he visto caer los tres edificios que me amargaron la existencia: el Gobierno Civil viejo; el sanatorio de la Purísima, donde cuando él estaba ingresado veía la Comisaría al asomarme a la ventana, y nuestra casa de La Fuensantilla, de donde salió muerto".

UNA VISITA AL AÑO

Luego vendrían 17 años de una postal cada quince días y una visita anual a Burgos, años de zozobras y disimulos en los que Pepita, que contaba a todo el mundo que su marido trabajaba en Francia, acudía al penal con la angustia de que se descubriera la falsa identidad de esposa que se veía obligada a adoptar para que la dejaran verlo. "Nos quisimos casar por poderes, pero el capellán se negó a casarnos si Jaime no renegaba de sus principios --afirma--. Al final, nos casó en Madrid un cura viejecito que se apiadó de nosotros".

Ocurría a las pocas horas de salir él en libertad, gracias al indulto general que se dio por la muerte de Juan XXIII en 1960. "¡Madre mía, qué felicidad cuando por fin nos vimos solos en nuestra casita de Córdoba! --recuerda alegrándosele el rostro--. Figúrate, en 17 años no nos habíamos dado más que tres besos y encima robados...". Jaime, con más de dos décadas de cárcel metidas en el cuerpo y el alma, era un hombre deshecho a los 45 años. No pudieron tener hijos, y el matrimonio llevó una vida "modesta y sobresaltada, yo cada vez que oía un coche me echaba a morir pensando que venían a por él; pero todo lo sobrellevábamos con amor hasta que el cáncer me lo quitó".

Fue sólo algo más de una década de vida compartida, después de tantos temores y anhelos. Pepita continuó en la lucha diaria, "pero ya sin ilusión por nada". Por eso ahora, al verse convertida en personaje de novela, siente que de alguna manera se ha hecho justicia. "Es como si el libro --dice-- nos hubiera vuelto a reunir". Y esta vez será para siempre.