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María Dolores Pérez Enciso

Almería 1908- México 1949. Escritora, activista política (Comunista), represaliada por el franquismo.

Maria Enciso (María Dolores Pérez Enciso)

Referencias. La 7 es enlace a un musical sobre María Enciso.

  1. El amargo exilio de María Enciso (1) , Antonio Sevillano en el Diario de Almería.

  1. El amargo exilio de María Enciso (II)

  2. María Pérez Enciso: una poeta en el olvido Antonio Sevillano Miralles yAntonio Torres. Flores Enlace externo a la Biografía más completa publicada hasta estos momentos (junio de 2016)

  3. María Enciso. Poetisa del 27 Por Arturo Medina Padilla, la figura clave en la “recuperación” de la autora.

  4. MARÍA ENCISO Cien Almerienses del Siglo XX. Periódico Ideal.

  5. Esbozo Biográfico de María Dolores Pérez Enciso Rosa María Ballesteros

  6. La silueta del tiempo Enlace externo a la obra musical sobre María Enciso de Francisco Javier López Rodríguez

1) El amargo exilio de María Enciso (I)

Antonio Sevillano

ACTUALIZADO 19.03.2011 - 01:00

Tomado de http://www.elalmeria.es/article/almeria/930329/amargo/exilio/maria/enciso.html Página vista el 29/06/2016

ES como muerte civil dijo Miguel de Cervantes al referirse a los gitanos que bajo tierra -difuntos en vida- penaban más que trabajaban en las minas de azogue de Almadén; o de sus otros hermanos de raza condenados a remar en las galeras reales. Invitado por el CEP de la Delegación de Educación y Ciencia, el fin de semana anterior acompañé a un grupo de profesores de Ciudad Real por la Almería literaria de Carmen de Burgos (tiempo han tenido ya los responsables del Plan Urban para corregir su fecha de nacimiento en la placa conmemorativa de su casa natal en la Plaza Vieja), García Lorca, Celia Viñas y José Ángel Valente. Un circuito urbano del que sistemáticamente excluyen a María Pérez Enciso, nuestra doliente poeta y prosista enterrada -muerta de soledad y tristeza, doble muerte civil- en el Panteón Español de México D.F. bajo siete velos de olvido.
No obstante, debemos reconocer puntuales iniciativas en pro de su recuperación. Tres artículos en prensa firmados por Arturo Medina, Kayros y José Asenjo antes y después de la reedición (1982) del poemario "De mar a mar", Editorial Molinos de Agua; dirigida por Aurora de Albornoz y prologado por Manuel Andújar, amigo y confidente de María ("De mar a mar" fue publicado, 1946, en Méjico por Manuel Altolaguirre). A ellos le siguió un seminario internacional -abril, 2004- en la Universidad de Córdoba, patrocinado por aquella Diputación, "Escritoras andaluzas y exilio", con el fin de analizar las obras de españolas que muy a su pesar se exiliaron tras la guerra del 36. Entre otras, Zenobia Camprubí, Concha Méndez y María Teresa León (esposas de Juan Ramón Jiménez, Manuel Altolaguirre y Rafael Alberti respectivamente), Victoria Kent, María Zambrano o nuestra "portentosa escritora almeriense, que fue exiliada política y viajera por toda Europa desde la posguerra española". Con anterioridad vio la luz un elaborado trabajo de Antonina Rodrigo en la revista Meridiana nº 4, enero-1997, editada por el Instituto Andaluz de la Mujer. 
Todas estas iniciativas llevaron a incluir a María en el índice de Mujeres Andaluzas ilustres. El último reconocimiento, por ahora, corresponde a "La silueta del tiempo. Musical sobre María Enciso (1908-1949) y los valores de la Democracia", obra de Francisco J. López Rodríguez (música, texto, diseño), producido por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía; audiovisual que debería ser de obligada, y comentada, proyección en todos los colegios e institutos de la provincia de Almería.
Por ello me sorprendió que omitieran a las citadas -además de a Carmen de Burgos- en el documental ofrecido recientemente por TVE sobre la figura de Clara Campoamor, independiente de su justa reivindicación y perfecta realización. Igualmente, al cruzar datos, me choca la ausencia de referencias en la obra de nuestra heroína y Fermín Estrella (pendiente éste de un próximo reconocimiento del IEA), a pesar de los evidentes paralelismos: disfrutaron sus juegos de niñez en espacios comunes; fueron contemporáneos y vecinos en la calle Pedro Jover; emigrantes y/o exiliados forzosos a América y, los dos, sobresalientes en el ámbito literario de Argentina y Méjico. El capítulo de desmemoria más triste, por lo cercano, se consumó con su no inclusión en dos obras de referencia: "Almería, hombre a hombre", de Tapia Garrido, y "Diccionario Biográfico de Almería", del IEA, por no citar otros soportes locales menores.
ORÍGENES FAMILIARES
Determinadas lagunas sobre su infancia y pubertad hace impreciso el contorno humano dibujado ("María Enciso, escritora almeriense del exilio. Estudio y antología", Diputación Provincial de Almería, 1987) por el profesor Arturo Medina, esposo de Celia Viñas Olivella. Libro que me llevó al conocimiento -y del conocimiento al amor- de aquella mujer crecida en el epicentro sentimental del populoso Reducto y recriada en la transitada calle que discurre del Hospital al cuartel de La Misericordia.
El 7 de diciembre de 1903 tuvo lugar en la parroquial del Sagrario el matrimonio de Francisco Pérez Castro y Dolores Enciso Amat. Él, habitante en la calle Baile (actual Aristóteles), maquinista naval al servicio del poderoso naviero Juan March; y ella perteneciente a la burguesía almeriense en la que sobresale su hermano José Gabriel, farmacéutico con oficina en el Paseo, librepensador y dirigente de Izquierda Republicana. La joven pareja se instala en el nº 27 de la c/. San Ildefonso, donde en la mañana del 31 de marzo de 1908 vino al mundo María de los Dolores Pérez Enciso. A ella le siguió Francisco, fallecido a corta edad (diciembre, 1914) de fiebres tifoideas; y Guillermo, probablemente nacido en Barcelona (a la que se trasladaron una temporada por motivos laborales paternos); quien se reuniría años después con la primogénita en América, donde obtuvo una cátedra de Filosofía en la Universidad de Caracas.
Ya de regreso a Almería, a la casa materna de c/. Pedro Jover, María, tras asistir a la escuela pública, ingresa (septiembre, 1923) en la Escuela Normal de Maestras, establecida en su propia calle. Su padre se hallaba enfermo y justo un año después falleció de "Neumonía"; sepelio al que no pudo asistir por encontrarse definitivamente en Barcelona, a cuya Normal, autorizada por el tío farmacéutico, cambió la matrícula de Magisterio (cursos 1923/27). No existe constancia de que accediese a aquella Universidad pero sí que frecuentara los ambientes intelectuales de la ciudad; especialmente la Residencia de Estudiantes de Ríos Rosas, en el barrio de San Gervasio; cenáculo en el que cimentó su vasta cultura y escuchó la palabra y el verso de la poetisa chilena Gabriela Mistral. Aquí se casó con el empresario Francisco del Olmo en 1932; matrimonio fallido tras nacer en 1937 Rosa, su única hija y de la que no se separaría hasta la muerte. En Cataluña ingresó en la UGT y en el PSUC, en el que -se apunta tal posibilidad- utilizó el seudónimo de "Rosario del Olmo" (nombre real de la niña) al ostentar el cargo de responsable del gabinete de Prensa Extranjero comunista. Asimismo, junto a una representante de CNT-FAI, dirigió el Institut d` Adaptació Professional de la Dona.
SIEMPRE HUYENDO
Ante la inminente toma de Barcelona por las tropas franquistas, huyó con miles de españoles hasta ganar la frontera francesa por Cerbére. Lo hizo en enero de 1939, encargada de una misión oficial: delegada de Evacuación en Bélgica, adscrita a la diplomacia Sudamericana. Tras los horrores de la guerra incivil el drama personal va a ir en aumento, huyendo por Europa llevando de la mano a su hijita. El doloroso encargo, en el que le acompaña la diputada belga Isabelle Blume, consistía en recoger a niños españoles en condiciones infrahumanas, junto a sus padres, de campos de concentración en Saint Cyprien, Clermont-Ferrand o Argelés-sur-Mer (donde se encontraba recluido el diputado socialista almeriense Carlos Pradal con la familia) para ser entregados en adopción a hogares pudientes de Bruselas, Amberes, etc. En Bélgica le sorprendió el horror de la ocupación nazi… Y vuelta a huir.



2) El amargo exilio de María Enciso (II)

ANTONIO SEVILLANO / HISTORIADOR | ACTUALIZADO 20.03.2011 - 01:00

Tomado de http://www.elalmeria.es/article/almeria/931060/amargo/exilio/maria/enciso/ii.html Página vista el 29/06/2016

Tras recorrer Europa en tareas humanitarias al concluir la Guerra Civil, María Pérez Enciso "María Enciso" (Almería, 1908-Méjico, 1949) se exilió en América donde desarrolló su carrera literaria


LA suerte -la mala suerte- estaba echada y la II República tocaba a su fin. Al tiempo que las tropas franquistas avanzaban hacia Barcelona, miles de personas de toda condición y edad huían despavoridas tratando de ganar la frontera gala. Entre ellas una almeriense joven, culta, concienciada y generosa nacida en el populoso triángulo del Reducto, plaza Pavía y San Antón. María Enciso, delegada de Evacuación Nacional, aceptó la abnegada misión -a realizar con prontitud y eficacia- de rescatar de los campos de refugiados franceses al mayor número posible de niños españoles -hacinados junto a sus madres, hambrientos, enfermos- para alojarlos en hogares dignos de familias belgas. En esta hermosa tarea se hallaba cuando Bélgica fue ocupada por la Alemania fascista. María, acompañado de su hija de corta edad, huyó a Francia y desde el puerto de El Havre embarcó a Inglaterra. El proyecto humanitario quedaba truncado y sólo entonces buscó su propio bienestar y libertad en el exilio americano. De esta azarosa primera etapa de su vida dejó pormenorizada reseña escrita, como si de una catarsis purificadora se tratara.
AMÉRICA, AMÉRICA
Desde Liverpool, después de veinte días de travesía, el convoy civil escoltado por la Marina Inglesa arribó en Barranquilla. Y de allí a Bogotá, donde residió casi un lustro.
Aunque ignoramos el nombre de cabeceras periodísticas concretas, lo cierto es que ejerció la información en Barcelona. Estos conocimientos le resultarán providenciales para subsistir en una tierra extraña, aunque hospitalaria en su acogida en el verano de 1940 por la colonia de expatriados españoles. En la ciudad bogotana colaboró en Sábado, Revista de las Indias y Tiempo, abordando temas muy variados. Sin embargo -las necesidades económicas lo exigían- también tuvo que firmar columnas más livianas y populistas; caso del semanario Paquita del Jueves (Méjico) y en Diario de la Marina, de La Habana, en la sección "Moda femenina". En Colombia publicó sus dos primeros libros: "Europa fugitiva" y "Cristal de las horas".
Por razones no aclaradas, vivió unos meses en La Habana en casa del periodista español Eduardo Ortega y Gasset, hermano mayor del célebre filósofo y escritor. En 1945 se afincó definitivamente en México D.F., hasta su fallecimiento en marzo de 1949 -"muerte callada y a destiempo"-, fecha en la que cumplía 41 años de edad. Aquí ejerció de maestra, trabajó en las redacciones de El Nacional y Las Españas y publicó el poemario "De mar a mar" y el de ensayos "Raíz al viento" (título descatalogado y del que localizamos un carísimo ejemplar).
Antonina Rodrigo recogió en la revista andaluza Meridiana el testimonio de Mercedes Rull Alonso, almeriense a la que conoció en Cuba; fiel compañera en los postreros momentos de su vida y persona que en ese amargo trance se hizo cargo de la niña. Diagnosticada y operada de apendicitis, una mala praxis médica se llevó a María de los Dolores Pérez Enciso a la tumba:
"Aquella muerte fue horrible, un caso de mala suerte y de negligencia porque ella no estaba enferma, era una mujer alta, bien desarrollada, llena de salud". Mercedes concluye con un párrafo sorpresivo: "Avisamos al marido a Colombia, vino y se llevó a su hija, tenía entonces trece años, nunca hemos sabido más de ella..."
ROSITA DEL OLMO
Reconocía Arturo Medina Padilla en su magnífica y única biografía sobre nuestra mujer que "he fracasado en mi intentos de conectar con el hermano y con la hija". Ahora, con más tiempo y medios a nuestro alcance, estamos en disposición de cubrir ciertos huecos biográficos, tampoco todos. En Barcelona nació su hija y el benjamín de los hermanos (1917), y no en Almería. En la Ciudad Condal se quedó -tras divorciarse, acogido a la Ley de 1932- el empresario José del Olmo, su primer marido; del que se apunta que ejerció de juez en Cataluña durante la Guerra (posiblemente María tuvo como segunda pareja sentimental al militante de izquierdas Ramón Costa). La madre, Dolores Enciso Amat, permaneció en su tierra natal malviviendo de una mínima mercería en La Almedina; en la posguerra se trasladó a Villa Dolores (Zapillo), hasta su muerte por "asistolia" (07/04/1961), atendida en el sanatorio Artés Guirado por el doctor don Paco Pérez.
Nacida en 1937 y conocido el testimonio de la marcha con su padre a Colombia (¿o era realmente su tío Guillermo y Venezuela el destino?), por el programa de la Unesco, "Mujer y Ciencia", sabemos de Rosa adulta. Una profesional de reconocido prestigio académico y gubernamental en el continente americano; comprometida en la lucha contra la drogadicción y a favor de los derechos de la mujer andina. Falleció en diciembre de 2001:
"Socióloga por la Universidad de Wisconsin, master en Criminología por la Universidad de Cambrigde y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela, ejerció su docencia en ésta Universidad Central; así como en universidades de Méjico, Puerto Rico y Estados Unidos. Fue directora de Ciencias Penales y Criminológicas de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, autora de libros, conferenciante, etc. etc".
Su tío no le va a la zaga en cuanto al extraordinario currículo desarrollado en aquella nación. Tras concluir muy joven los estudios de Psiquiatría, huyó de España y fue asimismo internado en un campo de refugiados en Francia, del que su hermana logró rescatar y llevarlo con ella a América. En 1947 era profesor del Instituto Pedagógico Nacional de Venezuela; país en el que está considerado Maestro y Fundador de los Estudios de Psicología. Falleció en Caracas en febrero de 2007. Otro especialista español escribía:
"…En fin, Guillermo Pérez Enciso era un joven licenciado en 1939 por la Universidad de Barcelona, con una activa participación social y política en la vida universitaria…".
ALMERÍA ARÁBIGA…
Citadas sus obras -en prosa y verso- Europa fugitiva, Cristal de las horas, De mar a mar (con introducción bellísima de Concha Méndez) y Raíz al viento, en las que Almería siempre está presente y a las que no desisto regresar, valga una espigada gavilla de letras dignas de ser cantadas por soleares, alegrías o fandangos:
(A la torre de La Vela)
¿Por quién doblará,
mientras se oye a lo lejos
la voz del mar?
De cal y agua
más blanca todavía
yo te soñaba
Al aire la vela blanca,
lejos la caliente arena,
una noche en alta mar
en un barquito de vela
Pa cantar el fandanguillo
que dé pena y alegría,
es preciso haber nacío
en un barrio de Almería
Tengo una manuela nueva
con cuatro jacas castañas
y el novio más salaíllo
que calienta el sol de España.
¡Almeriense y morenillo!
Suscribo en su totalidad un párrafo reivindicativo del profesor Medina Padilla, pese a que indefectiblemente caerá, salvo intercesión divina, en el mayor de los olvidos:
"… En nombre de aquella Almería -y de ésta-, en honor de María Enciso, recuperemos para la Almería de todos a una de sus hijas más insignes. Es de justicia. Que es, por añadidura, asunto de inteligente doctrina cultural". Así sea.



3) María Pérez Enciso: una poeta en el olvido

Antonio Sevillano Miralles. Antonio Torres Flores. ALMERÍA. Instituto de Estudios Almerienses 2012 . 58 Páginas.

Enlace externo: http://www.dipalme.org/Servicios/Anexos/anexosiea.nsf/VAnexos/IEA-MEnciso/$File/MEnciso.pdf Página vista el 29/06/2016

La más completa biografía de la autora.


4) María Enciso. Poetisa del 27

Cuadernos Almerienses . La Voz de Almería. http://www.lavoz.almeria.net/

MARIA ENCISO: POETISA ALMERIENSE DEL 27

Estudio y Antología de María Enciso por Arturo Medina

Escasos son los nombres que nuestra provincia ha dado a la Literatura, y más aún los que en ella han destacado. Sin embargo, aún quedan personajes para engrosar esa lista, alguno de ellos olvidado, como es el caso de María Enciso, poetisa encuadrada en la Generación del 27, republicana que tuvo que abandonar el país tras la Guerra Civil y cuya obra se publicó sobre todo en Sudamérica, pero cuyos contenidos tienen como constante referente la tierra de Almería.

Su figura fue estudiada por el ya fallecido Arturo Medina, en esta obra que aquí reproducimos en parte. Otra especialista, Antonina Rodrigo, habla de la figura y la obra de esta poetisa a recuperar para los almerienses.

María Enciso, María Pérez Enciso nació en Almería a las once de la mañana del día 31 de marzo de 1908. Se le impuso el nombre de María Dolores y vino al mundo en una casa de la calle de San Ildefonso, la numerada con el 27. Una de aquellas casas -supongo- de una planta y una nave, reducida entrada y pasillo lateral, que, dando paso a dos exiguos dormitorios con camarilla, desemboca en minúscula cocina asomada a un patinillo sin techo, con retrete y pila de lavar. Blanqueado terrao de argamasa y fachada encalada en ocres y en azules. Así es muy modificada la que hoy ocupa el número veintisiete de San Ildefonso. ¿La de entonces?

María fue la mayor de tres hermanos. Francisco, que murió tempranamente. Y Guillermo, exiliado como María y, andando el tiempo, catedrático de Filosofía en la Universidad de Caracas. Los padres: Francisco Pérez Castro, maquinista de una de las navieras de Juan March y Dolores Enciso Amat, de la burguesía almeriense acomodada.

A poco de nacer Guillermo la familia marcha a Barcelona, para estar más en contacto con el padre. Enfermo éste regresan a Almería y se instalan en el número ocho de la calle Pedro Jover, domicilio de la abuela materna, donde se produce el fallecimiento. La madre habría de sobrevivir largamente a María.

Apenas salió de Almería. Habitó con sencillez en sendas casillas de las Almadrabillas y del Zapillo hasta su defunción de cáncer en 1961, en el Sanatorio de don Domingo Artés y asistida por el Doctor Francisco Pérez Rodríguez. La niñez y la adolescencia transcurren en Almería y Barcelona. Y en esta ciudad, su juventud hasta la huida a Francia. Viuda la madre, instala ésta en La Almedina una mercería-tienda de regalos. En aquella especie de quincallería la conocí. Mi recuerdo es el de una joven morena, delgada, atractiva, de ojos grandes y largas y apretadas trenzas.

De sus estudios he constatado únicamente su ingreso en la Escuela Normal de Maestras de Almería, y a la que debió acceder directamente de la escolaridad primaria. El plan de estudios vigente era el nominado de 1914, que no exigía bachillerato previo, sino, junto a los certificados de rigor, haber cumplido los quince años y verificar un examen, oral y escrito, sobre las materias que se impartían en las escuelas elementales. María superó las pruebas en septiembre de 1923. He manejado el expediente académico, y en él, su ejercicio escrito de ingreso. Con pulcra letra, en correcta exposición, no muy extenso y con unas disculpables faltas de ortografía en los nombres geográficos, la aspirante dijo lo que sabía acerca de las formas del relieve terrestre. Formación de las montañas. Principales montañas del globo. El hombre de los países montañosos. Y su firma, María Pérez, con rebuscada rúbrica que con el tiempo simplificaría hasta hacerla desaparecer.

No cursó en Almería la carrera de magisterio. En octubre de ese 1923,. sin que explique los móviles, mediante autorización a su tío José Enciso solicita traslado -y se le concede- a la Normal de Barcelona, ciudad en la que no dejaría de residir, porque la cédula personal que presenta para el ingreso está expedida en la capital catalana en junio 1923. En su expediente barcelonés consta tan sólo que formalizó matricula extraordinaria en el mismo octubre de igual año. La instancia registra su domicilio: San Gervasio, 69. Avecinada en Barcelona, debió frecuentar los ambientes intelectuales y universitarios de la gran ciudad, y que fue asidua contertulia de la Residencia de Estudiantes de Ríos Rosas, lindante al Tibidabo en la tranquila zona de San Gervasio, lejos de la ciudad entre acacias y madreselvas.

La Residencia, que fundó en 1919 y que dirigía el poeta y ensayista mallorquín Miquel Ramón Ferrá i Juan, era un notable y aglutinador centro cultural de la Barcelona de la anteguerra. Vivían en ella -declara María- un grupo reducido de estudiantes, profesores que fraternizaban con ellos o intelectuales extranjeros de paso por la ciudad. Allí trató y escuchó al Doctor Pi i Sunyer, al arquitecto José Rafols, a Eugenio D'Ors - que le desplace y al que moteja de pedante- al poeta Gabriel Alomar, al helenista Nicolau D' Olwer...

Allí, en 1926, habría de deslumbrarle Gabriela Mistral, que en el jardín de la casona comentaba, ante un público absorto, de Chile, de su vida de maestra, de sus poemas...

A pesar de no haberme sido posible rastrear de sus estudios catalanes más documentos que el de su matrícula en el primer año de magisterio, sé por Doña Amalia Tineo, hoy maestra jubilada y compañera de carrera de María, que ésta los realizó entre los cursos 23-24 y 26-27. Cuatro años en los que, según la Sra. Tineo, María descollaba por su inteligencia y su talante extrovertido y participativo, asegurándome que no pasó a la Universidad y que, con arreglo a su titulación, sospecha que trabajó como maestra en las Escuelas Públicas Primarias fundadas por la Generalidad.

En todo caso, su larga conexión con la Residencia de Estudiantes y con lo que tal institución entrañaba, amén de sus estudios de magisterio en una Escuela del alto prestigio del que poseía la de Barcelona, son circunstancias positivamente esclarecedoras para dibujar a María Enciso como persona culta, inquieta, no acomodaticia, aperturista y receptiva.

Cualidades, en cambio, que no me ofrecen base suficiente para enjuiciar apresurada y equivocadamente, por ejemplo, su matrimonio. Es seguro que casó joven con Francisco del Olmo, catalán acomodado y hombre de negocios, que pronto aparecieron desavenencias que condujeron a la separación y que de la unión quedó una hija, Rosa del Olmo Pérez, que acompañó a la madre al destierro y que vivió con ella hasta el final de María.

No nos extraña que una mujer de tales características y formación desembocara en la militancia política. Ni tampoco que hiciese de la creación literaria el medio más adecuado de expresión a sus planteamientos intelectuales y convicciones. Por su rotunda, inequívoca adhesión a la causa de la República se vería inexorablemente envuelta en la riada de los vencidos. Cruzó la frontera por Cervere, cuando Cataluña iba siendo conquistada por las tropas de Franco. Así nos cuenta María su primer año fuera de la Patria: Salí de España en enero de 1939, con una misión oficial, Delegada de Evacuación en Bélgica. Por razones de mi cargo, presencié y acompañé la evacuación española. Recorrí todos los campos de concentración de Francia, para formar un grupo de niños que Bélgica acogía cariñosamente. Me acompañó en esta triste peregrinación, una delegación del gobierno belga, presidida por la diputada Isabelle Blume... En Bélgica residí, vinculada al Cuerpo Diplomático Sudamericano, hasta que fue invadida. El día 13 de mayo de 1940, salí del país, hacia Francia. Más tarde crucé Inglaterra y embarqué en Liverpool, en un barco inglés, hacia las playas americanas. Esto ocurría en los últimos días de junio.

Es el conciso preámbulo que María escribió para su «Europa fugitiva», en cuyos capítulos se irá diseñando, más o menos explícitamente, en su agónico deambular, con su corazón sin regazo y sin cobijo, solo y frío. Gracias a este libro y a algunas de las páginas de «Raíz al viento» he podido reconstruir algo de su errática trayectoria, cuando, una vez pasados los Pirineos, se llevaba con ella -como León Felipe- la canción.

En Francia acude a los campos de concentración. Sórdidos, infrahumanos campos de Argelés-sur-mer, Saint Cyprien, Clairmont Ferrand, Gueret, Perigueux..., que la aterran con su desolada fisonomía de hacinamiento, de multitud agrupada en una despiadada miseria. El espectáculo terrible de hambres, torturas, humillaciones, la conturba. Y le duele, le escuece hondamente tener que testificar, ella tan amante de Francia, que es en este país donde tales crímenes se cometen. De estos infiernos, de inhóspitos andenes de estaciones ferroviarias con niños perdidos, va reclutándolos, acomodándolos en hogares e instituciones belgas. O, en contados trances, devolviéndolos a los asilos de España. Son los niños los seres de la diáspora que más la conmueven, los niños sin infancia, los niños evacuados, caminando por tierras duras y extrañas. Aquellos niños tristes, envejecidos, niños especiales, de los campos de concentración. O amontonados en trenes, como rebaños, y luego, separados, dispersados al azar. Los niños convertidos en fríos nombres de un fichero inanimado. Duelo, quebranto, compasión, que los extiende a todos los que sufren similares crueldades y vilezas: Y siento un frío de congoja en el corazón, que también siente, que también está solo, angustiado, con los seres queridos esparcidos por el mundo, aventados por los aires, como cenizas de una inmensa hoguera que la guerra encendió.

La agotadora lucha en favor de sus pequeños compatriotas prosigue en Bélgica. Bruselas, Ostende, Brujas, Malina... son ciudades en los que busca desolada alojamiento para sus niños. Por unos días se hospeda en la Place du Midi, en pleno centro de Bruselas. Recorriéndola se conmueve al ver a muchachos y a estudiantes pidiendo ayuda para los niños de España. Su mudó pronto a las afueras, a una pensión con balcón abierto a inmensa plaza sin urbanizar. Tras la ventana contempla soles y lluvias, transeúntes, refugiados como ella, perseverantes enamorados que acaban siendoseles familiares, el joven cartero que le agita a lo lejos las cartas que le envían...

Yo era para ellos aquella triste emigrada española pegada a los cristales en aquella esquina solitaria, que se debatía entre la vida pasada y la presente, en un constante fraguarse de recuerdos y de esperanzas inciertas en el porvenir. En esta asentada, tremenda, soledad irá deshaciéndose implacable la vida de María. Entre el recuerdo y la esperanza. Una esperanza vacilante, que se le acrece o se le agota, pero de la que nunca quiso desprenderse, alimento para continuar viviendo. Y errabunda, anatematizada otra vez.

Bélgica es invadida. María y su hija han de abandonarla. Fue casi de improviso: Una madrugada fría de mayo. Todo desapareció de repente, y yo también. Allí quedaron los cristales, anchos, transparentes, cara a la plaza sola, socavada, sin césped, sin parejas de enamorados, negra y sombría. Allí mis horas de recuerdos y desesperanzas. Allí mis melancolías, mis negras horas de amarguras, y mis desilusiones. La ocupación de Bélgica se consuma fulminante e inexorable. María comparte el llanto de impotencia y de coraje de muchos pacíficos belgas, incapaces de resistir la aplastante embestida. Rotas las defensas y replegado el ejército, María se une a las gentes que huyen a Francia, cruzándose con camiones de tropas y materiales, ambulancias, hombres y mujeres maduros, movilizados... todos hacia una frente de ya imposible defensa. Su hija, de cuatro años, la acompaña. La niña, con un osito de peluda felpa amarilla, con dos ojos brillantes, de cristal. Y María, con una maleta, pesada y fea. Tomaron el tren para Francia en la estación del Midi. Subimos a un tren largo, interminable, y tan colmado de gente que en los pasillos se acumulaban equipajes y personas en una confusión de hacinamiento improvisado, con un olor inconfundible a guerra, y una visión de horror, casi insensible, con una atrofia momentánea de los sentidos martirizados. Y cuando el tren emprende la lenta, alucinante marcha, la zozobra, el espanto de los sucesivos ametrallamientos de los aviones, de las alertas chirriantes, del ulular de las sirenas, de los cristales rotos, de los lamentos de los heridos... Una noche inacabable hasta desprenderse de la expedición en Eu, escondida estación de Normandía. Lloros sin consuelo de la hija, infinito cansancio, hambre, sueño... Y otro tren. Ahora, a París. Cómodo, casi vacío, que cruza verdes valles, entre altas montañas pobladas de árboles grandes, con una leve claridad de atardecer sereno en sus copas recortadas. Plácido fondo concordante con unos viajeros bien diferentes a los de las unidades de Bruselas. Sosegados, no inquietos en demasía, porque tienen confianza plena en el destino de Francia.

El París con el que María topa no se ha dado cuenta de la tragedia que lo amenaza. Una ciudad con fisonomía irreal, bulliciosa y frívola, de espaldas todavía a la guerra que golpeaba ya sus puertas. María queda atónita ante la villa alegre y confiada. Tiene la certeza del inmediato derrumbe, y que en París ya no puede permanecer, que hay que proseguir la marcha. Sólo una fugaz visita a un organismo de ayuda a los refugiados españoles. No hay lugar para el reposo. De París al Havre en un tren llenísimo de gente de muy diversas nacionalidades, como una Babel histórica. Y del Havre a Southampton, surcando el Canal de La Mancha, en un buque sobrecargado de fugitivos. En la aduana, una agitación febril para conseguir el sello de salida lo antes posible. Como una fuga de verdadero pánico. A pesar de que las seguridades para llegar al otro lado del Canal eran mínimas, por los submarinos y los aviones, era necesario arriesgarse, menos peligroso en definitiva que esperar tranquilamente los sucesos de la invasión que iba acercándose aplastadora a París. Travesía tensa, de noche, eterna, en un silencio denso, agobiante, pero que termina felizmente. En Southampton son franqueadas las formalidades aduaneras. Y de nuevo, el tren, mientras maría en tropel confuso evoca, a una semana de su salida de Bruselas, los vertiginosos, alucinantes acontecimientos en los que la arrojó la marejada de la guerra, llevada por esta multitud como una masa inerte, sin sentido, como flotando en un espacio desconocido que da vueltas y más vueltas a mi alrededor. Inglaterra, por el cuido con que prepara su defensa, despierta su interés. Todo meditado, calculado, previsto... Todo admirablemente organizado.

De Londres anota la proverbial flema inglesa. Y de Liverpool, final de trayecto en Inglaterra, su oscuridad y comercialización. De los ingleses le maravilla, al par que le desconcierta por latina, el comedimiento en el diálogo y el respeto a la libertad de expresión, y no acaba de entender la distante democracia británica que establece inflexibles barreras entre los diversos estamentos sociales. En Liverpool se aloja en un hotel de Nelson Street, nombre que le suscita aproximaciones románticas, y en donde reflexiona sobre los status gremiales de la ciudad portuaria y de los de la Europa entera, asolada por el desempleo. Crisis del siglo, que la guerra resolverá trágicamente, concluye. Partiendo de Liverpool, por el Mar de Irlanda y por el entonces peligroso, por vulnerable, Atlántico, rumbo a América. Veinte días de navegación a bordo de un trasatlántico británico, que en número no muy considerable, pero sí representativo, traslada a checos, judíos alemanes, belgas, holandeses, lituanos, austriacos, españoles... Es la Europa fugitiva, que se escapa por todas las fronteras hacia el ancho mar. Atrás queda la desolación, el miedo y las sombras. Todavía, frente a Irlanda, la estampa siniestra de barcos bombardeados a medio hundir. A la altura de España -de nuevo España, siempre España, aunque sea la triste España de la muerte- cree, escuchar en los aires los sonidos de las campanas de la Patria, vocingleras, repicando a muerto. Y era cierto, pero dentro de nuestro corazón. El buque influyen de continuo, machaconamente, y a través de la radio, las sucesivas derrotas de los ejércitos aliados: el desastre de Dunkerke, la caída de París, la entrada de Italia en la guerra. Amargos envíos, desoladores, que en los pasajeros se mitigan con la gozosa espectativa de la tierra de promisión. Escalas en las Bermudas y Jamaica.

De ésta nos cuenta deslumbrada: Llegamos a Jamaica un amanecer dorado. Es la primera visión precursora de América que tenemos, y, ¡qué visión! Largo rato bordeamos la Isla, que es una montaña azul, alta, cuyo final no llega a divisarse. Da la vuelta completa, y aparece en un recodo el puerto. Nos adentramos lentamente en un maravilloso paisaje. La vegetación exuberante, en color y profusión, al lado de las doradas playas, y las aguas cristalinas, que el sol hace fulgir en miles de punto de color. La bahía tiene a trozos bancos de arena, tan altos, que se adivina su color dorado bajo la superficie del mar. Junto a ellos, barquitas de pescadores nativos bogan lentamente, salpicando de puntos oscuros las claras lejanías del puerto. ¡Qué diferente estado de ánimo a los que le acongojaron ante los campos de Bélgica y Francia, o ante las casas de Londres y de Liverpool! En aquellos mares caribeños, a considerable distancia de las escuadras alemanas, María, por primera vez, después de prolongadísimos meses de acosos y ansiedades, se siente protegida, a salvo, con su hija. Relajadamente respira los aires de paz, anchos, cálidos, perfumados, del continente americano. Eran los mediados de julio de 1940, y el puerto de arribada, Barranquilla.

América, al fin... Las informaciones que tengo de los años postreros de María Enciso, esto es, de sus años americanos son para mí muy reducidas. He fracasado en mis intentos de conectar con el hermano y con la hija. Es más, ni incluso puedo sostener si todavía viven. Las fuentes que he manejado de aquella época -»Diccionario Enciclopédico» de México, los libros de Julián Amo, Mauricio Fresco...- por escasas raquíticas, y hasta erróneas, no las he tenido en consideración. Han sido sus libros -como ya anticipé-, la Revista «Las Españas» y unos textos de Manuel Andújar los que me han permitido contornear un devenir, que, en lo sobresaliente, se ajusta -sospecho- a lo que bien pudo ser la existencia de María Enciso en este tiempo de América.

De su residencia en Colombia puedo afirmar que duró hasta 1944, y posiblemente, algo de 1945. Con absoluta fiabilidad también sabemos que en Barranquilla y en Bogotá le publicaron, respectivamente, «Europa fugitiva» y «Cristal de las Horas». Y que fue redactora del semanario «Sábado» y colaboradora de la «Revista de las Indias» y de «El Tiempo», ambas de Bogotá. Sobre estas actividades años más tarde el embajador de Colombia en México aseveraba que María en el periodismo y en la literatura encontró el trabajo redentor y al propio tiempo el consuelo y la razón de una nueva vida. Y agregaba que escribió, para periódicos y revistas colombianas, críticas literarias, cuentos, artículos, poemas. Bajo este prisma de periodista insisten igualmente Julián Amo y Charmion Shelby en la obra ya citada.

De esta varia y disgregada producción sólo he tenido acceso a aquellos temas que la misma María Enciso seleccionó para algunos de sus libros. Ignoro qué razones inmediatas o concretas impulsan a María a abandonar Colombia, un país cuyos círculos periodísticos habían abierto para ella sus páginas, un país que detentaba unos medios que le habían permitido la publicación de sus primeros libros. Yo, a vía especulativa, escribía en 1980 que la maldición del desarraigo que marca agónicamente el desterrado podría subrayarnos la motivación profunda de su desgajamiento de Colombia, de su fugaz estancia en la Cuba de 1945, y de su posterior llegada en este mismo año a México, en donde... permanecería hasta su muerte. Ello es cierto.

Es casi ley biológica que los trasterrados en sus primeros años de exilio se debaten angustiosamente ante unos ambientes que, en el mejor de los casos, son impermeables a la situación anómala a la que han llegado desde la confusión y la derrota. Situación que conlleva -como aludiendo a Emilio Prados comentan unos críticos actuales- la dolorosa conciencia de saber que el que se era ya no está con uno mismo. Así María Enciso en sus años colombianos, así -me permito asegurar- en todos sus años de destierro, buscando el norte salvador entre un vivir en crisis, un dirigir cabeza y corazón a tiempos irremediablemente idos y un debatirse ante problemas acuciantes y rutinarios. Huyendo de todo esto, en definitiva huyendo de sí misma, María deja Colombia, no se detiene en Cuba y recala irremisible en México.

Cuba se nos queda en blanco, a no ser sus elogios a la fuerte personalidad de La Habana. ¿Breve permanencia? ¿Simple escala para México? Algo más conocemos de su vida en México gracias a los testimonios escritos de Manuel Andújar -amiga leal la llama-, y a los propios de María Enciso.

En México firma trabajos para el suplemento cultural de «El Nacional», -que en aquellos tiempos era no sólo como hoy, periódico gobiernente, sino cardenista y revolucionario- y para la revista «Las Españas», aquella heroica aventura que pusieron en pie -y mantuvieron- Manuel Andújar y José Ramón Arana. De las tres etapas de la revista -de 1946 a 1963-, en la primera -hasta fines de 1950- María publicó en 1947 su «Almería, ciudad arábigo-andaluza» e incluido en la sección «España en el recuerdo». en la que los españoles en México evocaban -sangre contenida- sus lejanos lugares, en las que los exiliados daban muestras de sus señas de identidad. Entre otros, José Bergamin, Santullano, Manuel Andújar, Agustín Millares Carlo...

María Enciso, que retomaría su pasado y su artículo, para, con irrelevantes modificaciones éste, reproducirlo en «Raíz al Viento». Hasta el número de julio de 1948 de «Las Españas» no reaparece María. Fue su última entrega: dos sonetos preciosistas «Abril» y «El aire», un romancillo en heptasílabos con acentos panteistas «Ocre», y las rubenianas tres coplas de «Azul». Habría de ser también «Las Españas» la que diese cuenta del fallecimiento de María Enciso. Fue en su número 12. El de abril de 1949. Justa y emocionadamente lo comunicaba Manuel Andújar: Con palabras de vida y esperanza debemos recordar a María Enciso, muerta a deshora, cuando el tiempo de España, de su libertad, la aguardaban... María Enciso la amiga leal es una limpia verdad literaria que se trunca, en el momento en que su emoción y su concepto poético alanzaba fecundo equilibrio, clara sazón. En ella, la dignidad de la forma animábase con una ferviente dedicación temática a su pueblo... En el curso de su exilio en Bélgica, en Colombia y en México, este sentimiento auténtico inspira el decir de María Enciso. Y su propia existencia. María Enciso, destino y destierro, poesía y España. Un delgado silencio vibrante.

Ansiada de regresos, moría en muerte callada y a destiempo. Tenía cuarenta y un años. Vivía en la calle del General Prim, número 85, del noveno departamento del México D.F., y al decir de su amigo y prologuista Nieto Caballero era mujer serena, de ojos de extraordinaria dulzura, despertadora de simpatías, afectos y amistades, generosa, escritora de talento y poetisa inspirada y penetrante. Manuel Andújar alude, discretísimamente, en el prólogo a la edición española de «De mar a mar», a problemas personales, recónditos de María, y piensa que su vivir -externamente sereno más sometido a saudosa carcoma y quizás a enconados debates- traslucía una tónica conflictiva. Y que las realidades cercanas, o allegadas, violentaban en equis medida, su equilibrio íntimo y continuo quehacer.

El buen amigo, no obstante, se lamenta no haberse arriesgado en las preguntas, no por inmiscuirse en interioridades, inviolables por ello, sino porque -investigador en cualquier caso- dada la indisolubilidad de la existencia y de la poesía de María Enciso..., esos rasgos de su espíritu y sino puede representar una de las palpitantes guías de sus versos.

Que el transcurrir de María Enciso en México no fue fácil lo atestigua un comentario suyo, que de pasada vierte acerca de la ciudad de México -deduzco que recién incorporada María-, y que es harto elocuente: México es tierra que no se deja conocer fácilmente, la vida es dura, cuesta aprisionar su alma, es escurridiza como gran ciudad, recelosa y activa, pero a medida que nos vamos adentrarnos en ella, capta nuestra sensibilidad. El color y la música son su fisonomía esencial, el ruido y la promiscuidad su otra destacada fisonomía. Como en todas las grandes ciudades la vida en ella es múltiple y distinta. Más que en otras ciudades su espíritu es impenetrable. No, México no era la ciudad para María. María Enciso, pobre de amores, se encuentra perdida en la ciudad inmensa y cosmopolita. En aquel nido de águilas rodeado de volcanes no halla la acogida menuda y verdadera que su modo de ser y circunstancias demandaban. De desconcertante, escurridiza y recelosa la califica. ¿Hermética? ¿O fue acaso su hundido ánimo, encerrada en ella misma, el que alzó la barrera a toda posible comunicación? ¿Qué motivaciones la estimularon y sustentaron para sobrevivir en estos mundos a los que había entrado desde fuera y de improviso? Difícil, por no afirmar imposible, que se le cuajara en certidumbres un nuevo y ajeno estilo de vida.

De mimada o ninguna tranquilidad -al decir de Andújar y su propia confesión lo testifican-, de apenas tiempo -cuatro años- son los dos principales condicionantes de que dispuso María en México para granar su «De mar a mar» y su «Raíz al viento». Cuatro años malviviendo, fantasma de sí misma. El teresiano vivo sin vivir en mí, aunque en otro orden de valores, bien podríamos aplicárselo a María, bien podríamos aplicárselo a muchos de estos seres sin patria. Porque en ellos, para su tragedia y gloria, como liberación, la muerte.

(1) ANTONINA RODRIGO Escritora. Nacida en Granada, investigadora, ensayista y conferenciante.

Autora de diferentes obras sobre García Lorca, ha escrito también sobre las figuras de Mariana Pineda, Margarita Xirgu y María Lejárraga. Colabora habitualmente en revistas especializadas y pertenece al Consejo de historia y vida. «María Enciso forma parte de ese grupo de mujeres de la República que lucharon por conseguir avances sociales» No sólo de hombres se compuso la Generación del 27.

El mítico grupo literario contó con representantes femeninas que han quedado relegadas, incluso olvidadas, tras la imponente fachada de nombres míticos como Alberti, Lorca o Aleixandre. Sin embargo, su obra, hoy reivindicada, no se quedaba atrás de la de los hombres. Antonina Rodrigo, escritora e investigadora, acaba de finalizar un libro, titulado Mujer y exilio, 1939, en el que se recoge la vida y la obra de alguna de estas mujeres. Entre ellas, una almeriense: María Enciso. «Su caso», explica Rodrigo,»es el de muchas mujeres de la Guerra Civil y la República, que lucharon por sus derechos civiles, consiguiendo grandes avances que más tarde se malograron. Ellas mismas fueron represaliadas, o se fueron al exilio».

María Enciso pertenecía, además, a la Generación del 27, dentro de un grupo reivindicado por figuras como Manuel Altolaguirre o Manuel Andújar, «los cuales les dedicaron unos juicios críticos hermosísimos», según explica Antonina Rodrigo. Pocas mujeres pertenecientes a ese grupo han superado la barrera del anonimato, como María Zambrano. Enciso sigue en ella, pese a los estudios publicados sobre su obra, como el que se reproduce aquí, obra de Arturo Medina.

El libro de Rodrígo, en el que se recogen 27 figuras femeninas de la época, es uno de ellos. La estudiosa insiste en la necesidad de recuperar a la escritora almeriense, más aún cuando existen tan escasos ejemplos en la provincia de trabajos literarios como el de esta mujer, que vivió la «retirá» hacia el norte a medida que la península era tomada por las tropas fascistas, hasta llegar a Barcelona, desde donde salió, como delegada de la República, con un grupo de niños rumbo a Bélgica. «María Enciso pasó el desgarro de tener que separar a estos niños de sus madres, que estaban en los campos de concentración franceses», explica Antonina Rodrigo, «a los que llamaba «tristes y envejecidos niños especiales de los campos de concentración».

El avance de la II Guerra Mundial hace que también deba abandonar Bélgica, para regresar a Francia. Desde allí, se inicia un periplo que culmina definitivamente en Sudamérica: primero en Colombia, después Cuba y, finalmente, en México, donde muere a la temprana edad de 38 años. Es en Colombia donde publica su primer libro, y posteriormente el resto de su obra, que estaría impregnada por una gran nostalgia hacia Almería y los recuerdos que de esta tierra poseía.

Antonina Rodrígo no evita llamar la atención de los responsables culturales para «rehabilitar esta obra, que es hermosísima y en donde recoge imágenes en torno al mar, los paisajes y las gentes de Almería». «Son unos poemas entrañables, maravillosos, que todos ustedes se están perdiendo», insiste la investigadora, que recuerda además cómo se trata de un trabajo «asequible para todo el mundo, desde 8 años a 80. Es una poesía para todos, muy machadiana». Escrita, además, por una mujer que, como otras muchas en su época, trabajó por conseguir un fuerte avance social: a ello contribuyeron sus estudios de Pedagogía, muy avanzados en la República, y su militancia en el Partido Libertario y posteriormente en el Partido Comunista.

Indice Cuadernos Almerienses ©1998 Digindal.

5) MARÍA ENCISO Cien Almerienses del Siglo XX.

Diario Ideal http://www.ideal.es/almerienses/ 2000

Poeta

Exiliada y viajera por toda Europa y parte de América por las circunstancias políticas del momento, María Pérez Enciso, maestra almeriense nacida en 1908, fue escritora fuera de su país, sin olvidar nunca sus raíces. Su primera partida fue hacia Barcelona con su familia. Allí frecuentó ambientes intelectuales y universitarios, era constante partícipe de la tertulia de la Residencia de Estudiantes. Se exilió a Francia cuando se aproximaban las tropas de Franco. En esas circunstancias fue delegada de evacuación en Bélgica a donde viajaría de nuevo. Vinculada al cuerpo diplomático suramericano, viajó después a estos lares.

Se conoce de su estancia en Bogotá Europa fugitiva y Cristal de las horas, además de ser redactora de distintas publicaciones colombianas, como el semanario Sabado o la Revista de Indias. De Colombia se trasladó a México, allí escribiría en El Nacional y en la revista Las Españas donde se puede encontrar su Almería, ciudad arábigo-andaluza que publicó en su sección dedicada a España; también se incluyeron sus poemas Abril u Ocre. María murió en 1949 en México

6 Esbozo Biográfico de María Dolores Pérez Enciso

Ver esbozo de María Dolores Pérez Enciso [1908-1949] por Rosa María Ballesteros García. Universidad de Málaga

7 La silueta del tiempo

Es un musical de Francisco Javier López Rodríguez, Catedrático de Flauta del Conservatorio Superior de Música 'Manuel Castillo' de Sevilla, sobre la labor de la maestra escritora almeriense María Enciso (1908 - 1949). Por extensión, supone una reivindicación de los derechos Humanos, la Solidaridad, la Tolerancia, la Libertad, la Paz y todo aquello que suponga una puesta en valor de la idea democrática. En el enlace externohttps://open.spotify.com/album/66EyQpCk76bVt93RCzynEP. Homenaje también a la generación del 27 .


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